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Temas del Padre 03 de Junio de 2011

Palabras puente, no abismo

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P arece que necesitáramos mostrar todo lo que los otros hacen mal, resaltar sus equivocaciones, poner lupa en sus errores, magnificar sus fallos, gritar y gritar porque han tenido un yerro.

Como si nos sintiéramos mejor frente a sus limitaciones que frente a sus cualidades. Y entonces buscamos mostrar a toda costa cuán ineptos o torpes son y así nosotros aparecer un poquito más inteligentes. Como si el error del otro nos resultara tranquilizante.

Es más, reaccionamos de manera tan inmediata en esto de buscar errores ajenos que cuando alguien nos llama la atención porque estamos haciendo algo que no está bien, enseguida tratamos de justificarnos diciendo que fulanito también lo hace así, y decimos que por qué no miran a perencejito que está peor, y por qué me la montan a mí.

Si quieren un ejemplo concreto vean a un infractor del tránsito cuando es descubierto, inmediatamente comienza a señalar que otros, ese que va a allá, este de aquí, también están haciendo infracciones y por qué entonces lo van a multar a él.

Esto es realmente extraño, contradictorio, porque justificarnos en los otros, mostrar sus errores, resaltar lo malo que tienen o hacen, en vez de hacernos más inteligente, lo que nos hace es ser tontos.

Al actuar de esta forma, es obvio que somos increíblemente ciegos y rayamos en ser bobos de verdad. Decirle a los otros que son hermosos, amados, bienvenidos, adorados, generosos, nobles, bellos, que son una bendición, genera seres humanos más agradables, sanos, felices y bien dispuestos. Y eso nos beneficia.

Si en vez de construir con los demás, relaciones llenas de competencia en las que los otros me ven como su enemigo y están esperando que de papaya para caerme encima; me convierto en alguien que los apoya, los valora y los quiere, los otros reaccionarán de una mejor manera y estarán dispuestos a provocarnos felicidad.

Y no hay nada más placentero que convivir con gente alegre, seguros y llenos de amor. No hay ningún motivo para no regalar palabras repletas de colores agradables, salvo que estemos inundados de rabia y rencor.

Es posible que las palabras bonitas no aparezcan en nuestro vocabulario, porque jamás las hemos recibido en nuestra infancia. En ese caso, nos toca aprenderlas con tenacidad y voluntad. Si hacemos ese trabajo ahora, nuestros hijos no tendrán que aprender esta lección que estamos aprendiendo un poco tarde.

Porque surgirán de sus entrañas con total naturalidad, las palabras más bellas y las frases más gratificantes hacia los otros. Y esas cadenas de palabras amorosas se perpetuarán por generaciones y generaciones porque harán parte de su genuina manera de ser.

Lo que les estoy diciendo, mis amigos lectores, es que soñamos con cambiar el mundo, pero muchas veces hacemos poco para que sea verdad. Les propongo algo concreto, específico, que se puede lograr, que no cuesta tanto como pensamos, que es una excelente manera de comenzar el sueño de hacer un mundo mejor para nosotros y también para las generaciones que vienen detrás.

Comencemos a generar palabras llenas de amabilidad, que puedan resaltar lo bueno sin que seamos aduladores o lambones, sino que vivamos siendo capaces de tener claro que nos parece bueno generar buenos sentimientos en el corazón de los demás. Así también otros sembrarán cosas bonitas en nosotros con sus palabras, pero hay que empezar ya.

Quisiera invitarte a hacer un ejercicio concreto para lograr lo que te propongo como actitud de vida: Comienza a dar a los demás palabras agradables, frases llenas de amabilidad que resalten lo bueno. GC

POR
Padre Alberto Linero
www.elmanestavivo.com
www.yoestoycontigo.com

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