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Latitud 07 de Enero de 2018

AMIBABUD, EL MENSAJERO

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Sara Harb

Cada comienzo de año voy a ver a mi médico, que alinea mis centros de energía y me prepara para enfrentar el nuevo período. Como siempre, me saluda casi sin mirarme; sé que me ausculta con varios tipos de percepción y que como mujer le gusto, pero hemos llegado a un entendimiento tácito de no incluirnos en nuestras aspiraciones románticas, por el bien de ambos. A través de los años, entre los dos se ha establecido una cofradía que linda con lo secreto. Luego del saludo, se establece entre nosotros una vieja complicidad, que nos permite tratar asuntos inusuales: sabemos que no somos comunes.

Cuando los temas se agotan me dice que debo subir a la camilla, pone en mis chacras los filtros necesarios, luego me deja haciendo una meditación.

No sé cómo conecto; esta vez lo hago con una información que no logro interpretar pero reconozco, aun con los ojos cerrados. Sé que al médico le asisten seres espirituales que me sanan y me ayudan a entrar en un estadio de percepción especial.

Esta vez, pasados unos minutos, estando en la camilla acostada en esa duermevela que da la búsqueda del silencio interior, siento que la puerta se abre; las entidades que me observan dan paso a alguien que ha entrado, un ser de una estatura descomunal, tan alto que ese detalle me asegura que no es mi médico, sin embargo, dudo. Con los ojos cerrados le pido que por favor me llene de amor, que me ayude a resolver mis asuntos. Siento enseguida que a mi cuerpo lo recorre una energía de pies a cabeza. Mi cuerpo se llena como si fuera una jeringuilla. Luego le digo: «¿Quién eres? Quiero verte». Enseguida veo un ojo de mirada transparente, uno solo, como si se tratara de un cíclope, enorme. Un ojo como de búho, pero verde. Me quedo atenta, espero. No sucede nada más, pero no siento que esa entidad se haya retirado.

Mi médico vuelve, le pregunto si ha entrado antes, me dice que no. Le relato mi experiencia y me dice que otros pacientes le han dicho lo mismo. Luego quiero obligarlo a decirme cosas que yo sé que sabe pero que no comparte. Me recuerda que en los libros sagrados hay historias que hablan de gigantes. No me dice mucho más. Me dice que él tiene una médium que le ayuda a interpretar lo que le dicen sus pacientes, pero que no la puede compartir conmigo, que busque otra para que me aclare lo sucedido.

Salgo cargada de energía. Esa noche caigo en un sueño profundo, tengo conciencia de estar soñando: estoy en un lugar extraño con un personaje que me muestra unos objetos raros y unos acetatos que entiendo son como unos mapas que tienen unos rectángulos de colores; es información que me trasmiten, pero que racionalmente no comprendo. Jamás he visto algo así.

Despierto impactada. Busco a una médium que había conocido tiempo atrás, la cito en mi casa.

Cuando iniciamos la sesión, como ella es católica, sus entidades tienen nombres de ese santoral. Sin embargo, en cuanto empieza a recibir información, se impone un ser que ella identifica de color verde fluorescente y de un solo ojo que se ajusta a lo que he visto en el consultorio de mi médico.

Dice que se llama Amibabud; es un mensajero que viene por orden de Alfani, que tiene a su vez un superior, Emeni. Vienen buscando personas que los ayuden en la misión de salvar el planeta, y yo por mi condición perceptiva especial puedo hacerlo. Dice que si acepto la misión debo vestirme de verde durante tres días.

Estoy impactada, le pregunto de dónde viene y cómo llegó aquí. Dice que de Marte, en una nave que aterrizó en un parque de la ciudad.

Quiero saber más de Alfani y me dice que tres naves han aterrizado en un desierto; han llegado en esta misión planetaria. Me dice que he olvidado que soy la reina Kaina y que tengo deberes que atender.

Como antes de iniciar la sesión había ofrecido a la médium unos tragos de vodka, el alcohol se nos sube rapidísimo a la cabeza y reímos sin parar. Reímos de estas revelaciones tan dramáticas; no les damos la importancia que tienen y no nos parece extraordinario que Amibabud diga verdades sobre nuestras vidas, y nos asegure que se quedará toda la noche velando nuestro sueño y allí nos comunicará más cosas.

Así, despido a la médium y esa noche, en efecto, siento la misma presencia y entiendo que se trata de una misión que cambiará mi vida para siempre.

Al día siguiente, aterrorizada por lo que he visto en mis sueños, llamo a la médium para que vuelva porque no quiero aceptar misión alguna ni permitir que nadie intervenga mi ser mientras duermo.

Hacemos un contacto en el que Amibabud vuelve y disolvemos el compromiso, porque no queremos participar en esa misión.

Un día antes de mi cumpleaños, mi médico me llama para anunciarme que me tiene un regalo. En la consulta le digo que estoy molesta, porque entiendo que él sabe más cosas de las que me dice. Le cuento lo sucedido con Amibabud y me dice que no tenga miedo, por el contrario, debo considerarlo un privilegio, pues no se trata de salvar el mundo, sino de salvarme a mí misma. Me dice que me acueste en la camilla y me relaje.

El médico sale del consultorio no sin antes haber colocado los filtros de colores en mis chacras. Entonces me relajo, siento una presencia que me agarra por un tobillo, tumba el filtro de color que está sobre mi quinta chacra, y luego siento en mi columna un burbujeo, unos golpecitos como de un líquido que han inoculado en mi espina dorsal.

Cuando vuelve el médico le narro lo experimentado. No hace ningún comentario. Dice que debo tomar unos glóbulos que tienen la esencia de la piedra esmeralda; acepto hacerlo. Me dice que con esos glóbulos contactaré con Alfani.

Salgo de allí creyendo que mi médico es honesto, que su información me protege. Llego a casa, paso un día en un estado de ánimo ideal, agradecida, armoniosa. Por la noche, en mi sueño, me encuentro con Alfani, me muestra un tablero enorme con códigos que no identifico como terrícolas.

Despierto asustada.

Al día siguiente sueño otra vez. Veo que en mi mano ha caído una especie de animal, se ha pegado y no lo puedo arrancar de mis dedos; es como una lagartija, viscoso, de color verde-gris, de aspecto gelatinoso. Intento sacudirlo, pero no cae y entiendo que si me lo arrancara perdería los dedos. Lo golpeo contra la pared lo que hace que suelte un líquido verdusco.

Despierto asqueada, con pánico. No entiendo de qué se trata.

Luego reflexiono y comprendo que se trata de un sello, como un guante o aditamento con el que me han marcado. No estoy a gusto. Sin embargo, no me puedo oponer.

¿A quién debo llamar, con quién debo hablar? Mi médico no me recibe y la médium tampoco.

A la siguiente noche, siento que no se han ido de mi lado porque he vuelto a sentir que me han inyectado en la columna. Luego me quedo en un sueño profundo en el que me veo de regreso a la antigua casa de mi madre; ella no está, pero la persona que le sirve me dice que no me preocupe, que entre al cuarto de mi madre y repose; ella no permitirá que nadie me moleste.

Despierto enferma con un espasmo de colon tan fuerte que no me puedo poner de pie.

Al día siguiente, mientras duermo, me dicen algo al oído en un lenguaje que no es terrícola, y en mi cabeza tengo una presión muy fuerte, como si estuviera en permanente recepción de información. Estoy aterrorizada. Llamo al médico para que me atienda, y me recuerda que debo seguir tomando los glóbulos de esmeralda, pero que no quiere verme.

La comunicación especial continúa mientras duermo, creo haber establecido que no quiero aceptar misión alguna, sin embargo, me siguen diciendo cosas que estoy segura no percibo con la razón.

Estoy impactada, como ida. Con el tiempo, he dejado de ponerme prendas de color verde porque cuando lo hago mi cuerpo vibra.

Intento nuevamente llamar a la médium, pero no me contesta. Me he levantado con dolor de cabeza y no tengo ninguna pista de lo que debo hacer.

Esa noche sueño que estoy en una reunión con un instructor; me han entregado una bola que parece un melón pelado. La tomo en mis manos y cuando la miro me parece un huevo gigante, la devuelvo al instructor y salgo corriendo, pero no puedo salir, me tienen retenida en un lugar desértico, de arena roja, estoy con otras personas que no veo muy claramente. No hay nada alrededor. Miro hacia un costado y advierto que hay unas rejas, un cubículo, me acerco y veo a mi padre. Lo tienen ahí confinado. Entiendo que lo han retenido para que no me ayude, para que no interfiera. Despierto exaltada, estoy agotada.

Volví a llamar al médico y finalmente pasa al teléfono. Le pido que me ayude, que cada noche abusan de mi energía, es una intervención sin autorización. Cada noche me trasladan a lugares que nunca he conocido, estoy en compañía de personas muy raras. El médico acepta volver a verme.

Antes de ir, llamo a la médium y le ruego que venga, le digo que tengo cita con el médico, no quiero ir sin prepararme. Ella acepta, cuando nos encontramos se da cuenta de que mi cuerpo astral no ha vuelto completamente a mí y que estoy escindida. Con toda razón, siento como si flotara, estoy en medio de dos realidades. Le digo que vuelva a traer la energía de quienes me han contactado, y cuando aparecen les grito que no puedo ayudarles en su misión.

Dicen que es por el bien de ellos y del planeta Tierra. Les recuerdo que no soy nadie, no tengo poder alguno, deben acceder a los jefes de Estado, que son quienes pueden cambiar las reglas del juego de este sistema, que, por favor, me dejen en paz, estoy agotada, podría enfermar.

Estos seres parecen haber comprendido y aceptan la propuesta de dejarme en paz. La reunión termina con la liberación de mi padre de ese lugar donde lo han encerrado.

Llamo al día siguiente al médico y le digo que no iré a verle; realmente tengo miedo de verle, le digo que ya he arreglado mi asunto, me siento mejor y no creo necesario ir para allá.

Pasan los días, pero los contactos siguen, ahora sé que en mi sueño más profundo salgo con ellos a misiones que no controlo. Sé que les he ayudado a salvar a los propios, pero realmente no sé lo que pretenden y no puedo
evitarlos.

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