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Latitud 03 de Enero de 2016

De Kyoto a la COP21

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De las promesas a los hechos. La salud del planeta espera, no por mucho tiempo más, que la voluntad política y empresarial se vea reflejada en gestiones concretas que fluyan como ríos caudalosos que se abren paso para mitigar los efectos del cambio.

Amylkar D. Acosta M.
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“Lo que antes era impensable ahora es imparable”
Ban Kimoon

En 1992 tuvo lugar la Convención de Cambio Climático en Río de Janeiro (Brasil) y al término de la misma se firmó la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, en la cual se proclamaron por parte de los participantes 27 principios esenciales, destacándose entre ellos “el desarrollo sostenible” y la “protección del medio ambiente”, el cual “deberá constituir parte integrante del proceso de desarrollo y no podrá considerarse en forma aislada”. Es de anotar que dicho principio fue incorporado a la Constitución Política de Colombia por parte de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991.

Cinco años después, en 1997, se suscribió el Protocolo de Kyoto sobre Cambio Climático, como desarrollo de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (Cmnucc). A través de este Acuerdo internacional se buscaba reducir las emisiones de seis gases de efecto invernadero (GEI) que causan el calentamiento global. Ya en 1988 se había creado el Grupo Intergubernamental de expertos sobre el Cambio Climático (Ipcc), el cual ha producido cinco informes, los cuales coinciden en que existe una gran correlación entre la temperatura y las concentraciones de CO2 en la atmósfera. A medida que estas han venido en aumento, la columna de mercurio en los termómetros también ha venido subiendo y es lo que conocemos como calentamiento global.

No han faltado los escépticos, los negacionistas, que atribuyen el aumento de la temperatura promedio en el mundo a un fenómeno cíclico que alterna los períodos de glaciación con los de calentamiento global. Pero el hecho cierto es que Pekín tuvo que decretar por segunda vez en la historia la alerta roja por la alta contaminación ambiental y Tianjin, otra ciudad importante de China, primer emisor en el mundo de GEI, a solo 200 kilómetros de Pekín, hizo lo propio, por primera vez, por las mismas razones. Canadá, que estaba acostumbrado por esta época a recibir los excursionistas que inundaban las pistas de esquí, tuvo que cerrar varias de estas por las inusuales altas temperaturas y abrir más bien los campos de golf, que a contrario sensu deberían estar cerradas por las bajas temperaturas. Todo ha cambiado, estamos en presencia de lo que podríamos llamar desorden climático.

El año 2015 se presentó como el más caluroso desde que se llevan registros, superando el récord de temperatura alcanzado en 2014 y ya los expertos están pronosticando que, muy seguramente, en este 2016 la temperatura promedio del planeta será aún más alta. Ello explica la reacción de la comunidad internacional, que después del virtual fracaso del Protocolo de Kyoto vio la imperiosa necesidad de ponerle freno a esta alocada carrera hacia el abismo. Después del fiasco más reciente de la Cumbre Climática de Copenhague en 2009, se entendió que no se podía seguir indefinidamente aprisionados por el complejo del “pasajero clandestino”, según el cual cada país esperaba que fueran otros países los que hicieran los esfuerzos tendientes a reducir las emisiones de GEI y, de esta manera, impedir que la temperatura rompa el techo de los 2 grados centígrados adicionales con respecto a la era preindustrial.

Esta vez, a diferencia de los eventos anteriores, en donde brillaron por su ausencia los primeros mandatarios, 195 jefes de Estado y de Gobierno mostraron, algo nunca visto, con su presencia en la 21ª Conferencia de París, convocada por la Cmnucc, el compromiso que no se había visto antes. Además, es de resaltar el hecho de que todos ellos llegaron a la cita con ofertas de reducción de las emisiones de GEI por parte de sus países, así no fueran satisfactorias. En efecto, de cumplirse con dichas ofertas, la sumatoria de las mismas permitiría reducir las emisiones de CO2 solo hasta 55 gigatoneladas a nivel mundial, cuando lo que se requiere para no superar la barrera de los 2 grados aludidos, tales emisiones deberían estar por debajo de las 40 gigatoneladas. Ello, según la secretaria ejecutiva de la Cmnucc Christiana Figueres, “puede limitar el aumento previsto de la temperatura en 2.7% C para 2100”, pero es un avance con respecto al pasado.

Empero, el acuerdo al que se arribó finalmente contempla el compromiso por parte de todos los países concurrentes a evaluar en el 2018 sus planes de reducción de GEI, caracterizadas como Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (Indc, por su sigla en inglés). Y, cuando el acuerdo entre en vigor, las revisiones periódicas de las Indc se realizarán cada cinco años con el fin de ajustarla a los requerimientos, teniendo en cuenta que lo importante es que las emisiones dejen de aumentar “lo antes posible” y se reduzcan “rápidamente”. Bien dijo el exministro de Ambiente de Colombia Manuel Rodríguez, “lo que sí es muy positivo es que se haya establecido una plataforma de negociación que permitirá una revisión periódica de las metas y compromisos adquiridos”.

Este acuerdo podemos considerarlo no como la meta alcanzada sino como la grilla de partida para alcanzar objetivos mucho más ambiciosos. Como lo enfatizó Bill McKibben, cofundador de la ONG 350.org, “con esto no se ha salvado el planeta, pero puede haberse salvado la oportunidad de salvar al planeta” y el camino no es otro que la descarbonización de la economía. Según el secretario General de las Naciones Unidas Ban Kimoon, lo que antes era impensable ahora es imparable” y ello gracias a que se pudo desatar el nudo gordiano que había empantanado las negociaciones entre los países industrializados y aquellos en vía de desarrollo. Se trataba del reclamo de estos últimos sobre la necesidad de un trato diferencial y diferenciado entre unos y otros, dada la responsabilidad histórica de los países desarrollados del cambio climático y su compromiso de contribuir a su resarcimiento. Ello ya se había quedado planteado desde la Convención de Río en 1992.

Como quedó establecido en el acuerdo, los países en desarrollo habrán de recibir de parte de los desarrollados US$100.000 millones “como mínimo” a partir de 2020, cifra que será revisada “a más tardar” en 2025, para ser invertidos en programas de mitigación, adaptación y reconversión tecnológica con miras a reducir las emisiones de GEI y fortalecer su resiliencia al cambio climático.

La mejor síntesis del logro alcanzado en la COP21 la hizo el canciller francés Laurent Fabius, gran protagonista de la COP21, al destacar que el Acuerdo alcanzado (31 páginas en inglés y 40 en castellano), con gran visión de corto, mediano y largo plazo es un “documento diferenciado, justo, sostenible y jurídicamente vinculante, es fiel al mandato de Durban (lugar en donde se realizó la Cumbre del clima en 2011), reconoce el concepto de justicia climática y tiene en cuenta la responsabilidad diferenciada de los países y las realidades de estos”. Por lo demás, cada día queda más en evidencia que frente al cambio climático el costo de la inacción supera con creces el costo que comporta la acción y que no hay tiempo que perder. Los ojos del mundo se posarán ahora en Marruecos, en donde tendrá lugar la COP22 en 2016, porque será el momento de pasar de las palabras a los hechos.
Medellín, diciembre 27 de 2015
www.fnd.org.co


 


“Tenemos la capacidad para cambiar el futuro aquí y ahora”, Barack Obama, presidente de Estados Unidos. 


El presidente de Francia, Francois Hollande y la vicepresidenta iraní Masoumeh Ebtekar en la COP21.


Angela Merkel, canciller alemana, durante su discurso en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. 


Las afectaciones de la contaminación del aire en China son las más fuertes y constantes en todo el planeta. 

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