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Latitud 09 de Julio de 2017

El intercambio

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Foto: flickr.com

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Iván Darío Fontalvo
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El invento de Crawford fue un evento científico monumental. Un aparato capaz de intercambiar las mentes de dos sujetos era algo así como una maravilla tecnológica. Pero para Bobby Bertrand —el gánster más buscado de la ciudad— era, además, una oportunidad de salirse con la suya de una buena vez, de escabullirse de las autoridades sin tener que renunciar a sus ganancias mal habidas. El plan era simple: poner su mente en un cuerpo distinto.

—Muy bien hecho, Crawford —felicitó Bobby al científico después de una breve demostración con dos adictos que se habían ofrecido para la prueba a cambio de una buena dosis de droga—. Has cumplido tu parte.
En el sótano macilento de luces opacas se finiquitaron los detalles primarios. Crawford recibiría mil millones por el invento y Bobby obtendría la posibilidad invaluable de no sentirse acechado siempre.

—Solo le resta decidir una cosa —indicó el joven científico—: ¿en el cuerpo de quién desea estar?
Era una cuestión tan importante que Bobby Bertrand no quiso discutirla sin antes tomarse un trago de vodka. Después de despedir a los voluntarios por un acceso alterno, subieron por el estrecho sendero de escaleras hasta la sala cálida. Bobby esperó el licor acomodado en el sofá de gamuza café. Crawford sirvió dos vasos grandes, suficientes para una cavilación que presentía larga.

—Pues bien —empezó el maleante después de dar un primer sorbo al vodka—, hay varias opciones.
Crawford lo observó ponerse en pie con un suspiro. Bobby era un cincuentón de buen aspecto, delgado y elegante, con una cabellera de color café que caía hasta sus hombros.

—Mis planes —continuó— contemplan desde el presidente hasta Igor Vasilevsky, el futbolista.

—No son buenas posibilidades —respondió Crawford levantándose los lentes—. Son personas demasiado notorias. Yo pienso que entre menos conocido sea el tipo es mucho más seguro.

—Como por ejemplo...

—No tengo candidatos aún —aclaró Crawford. Bebió un poco y continuó—. Lo que sí sé es que al que elija debe matarlo una vez hecho el cambio. Es, digamos, una cuestión de cabos sueltos.
Bobby asintió con la cabeza. Insistió, sin embargo, en la notoriedad de su nuevo inquilino. Que no fuera un don nadie, que fuera más joven y, en lo posible, más guapo que él, y que pudiera moverse con libertad por los altos círculos sociales. Estuvieron contemplando posibilidades durante algunos minutos sin llegar a nada concreto hasta que se vieron interrumpidos por el sonido metálico del timbre. A Bobby lo sorprendió el llamado. Contrajo las cejas, sacó su pistola y permaneció a la expectativa mientras Crawford iba a ver quién era. El joven inventor volvió dos minutos después con un nombre: Gregory Flanagan, el vecino de junto.

—Vino a que le prestara una manguera —explicó—. Dice que su esposa le hizo un reguero en la sala.
Bobby Bertrand iba a exigir que lo echara, pues sus percances con la mujer no eran problema de ellos, pero lo detuvo en seco una idea inesperada.

—Dile que pase —dijo—. Tal vez sea el cuerpo que andamos buscando.
Gregory Flanagan entró en la sala con pasos lentos. Era un treintañero rubio, alto y fuerte que había conseguido una buena posición económica gracias a las ventas por internet. Bobby lo saludó con una sonrisa.

—Es un honor, señor Flanagan —dijo.
Crawford indicó que tenía la manguera en el sótano y pidió que lo esperaran mientras iba por ella. Descendió por la escalera, revisó entre sus estantes atiborrados y alcanzó una botella de cloroformo. Empapó su pañuelo con el somnífero y regresó sigilosamente a la sala. Bobby y Flanagan, sentados en el sofá, conversaban animadamente sobre chicas. Crawford esperó un descuido del visitante para ponerle el pañuelo húmedo en la nariz y someterlo.

—De prisa —dijo el científico con tono de alarma—, llevémoslo abajo.
Bobby tomó al joven por los pies y Crawford por las manos y lo llevaron hasta el sótano. La máquina de intercambio estaba en un rincón. No tenía nada que ver con los tradicionales artefactos enrevesados que se presentan en las películas de ciencia ficción, sino que consistía en un par de camillas, cables multicolores de conexión cerebral y una computadora portátil que controlaba todo el proceso. Crawford había dicho varias veces que el verdadero avance era el software de escaneo, pues las demás herramientas habían sido concebidas y aplicadas desde mucho tiempo atrás en el desarrollo de la ciencia médica. Ubicaron a Flanagan en una de las camillas y Crawford procedió a conectarle los cables en la cabeza.

—¿Funcionará estando él dormido? —preguntó Bobby.

—Por supuesto —respondió Crawford—. El cerebro permanece activo aun durante el sueño.
Bobby tuvo un asomo de duda. Luego sacó el arma y la puso en el regazo de Gregory Flanagan.

—No quiero que él pueda usarla en cuanto esté en mi cuerpo —explicó.
Se acomodó en su camilla con un ronquido. Se dejó poner los cables asignados y cerró los ojos para el intercambio. Fue como caer en un sueño profundo. La cabeza se le volvió un nudo de círculos y hexágonos, y después fue la oscuridad impenetrable de la inconsciencia. El rostro cercano de Crawford lo recibió en la entrada del mundo cuando estuvo de vuelta.

—¿Cómo se siente? —escuchó que le preguntaba—. Todo salió bien.
Había funcionado. El arma en su regazo, los brazos fuertes, la ropa distinta. Miró a un lado y se vio a sí mismo, su cuerpo lejano, el cuerpo en el que solía estar, y sintió una sincera nostalgia que Crawford confundió con preocupación.

—Está dormido —dijo el inventor mirando el antiguo cuerpo de Bobby—. En cuanto vi que reaccionaba le puse el pañuelo con cloroformo en la cara.
Bobby se levantó y se acercó a la camilla en la que estaba su vieja humanidad con la mente de Flanagan. Levantó la pistola y le disparó en la cabeza. ¿Asesinato? ¿Suicidio? Después se volvió y vio a Crawford bajo la luz opaca de una lámpara. Le apuntó directo al rostro. Crawford levantó los brazos.

—¡¿Qué mierda cree que hace?! —gritó.
Respondió la boca de Gregory Flanagan por orden de la mente de Bobby Bertrand:

—Es, digamos, una cuestión de cabos sueltos —dijo, y disparó.
Acabó de desprender los cables de su cabeza. Despedazó la computadora y se apresuró a abandonar la casa, rumbo a su nueva vida libre de zozobra. Abrió la puerta de la calle y lo primero que divisó fueron las luces de las patrullas policiacas frente a la residencia de junto. Apretó el paso. Un agente atento le hizo una señal de alto que él atendió sin mayor angustia. El policía le pidió identificarse.

—Flanagan —dijo él—, Gregory Flanagan.
El uniformado se sorprendió. Dio un paso atrás y sacó su arma.

—Arriba las manos, señor Flanagan —ordenó—. Queda detenido como presunto responsable del asesinato de su esposa.
Los detalles los conoció en prisión. Gregory Flanagan había matado a su esposa con un palo de golf en la sala de su casa mientras ella hablaba por teléfono. Bobby entendió en ese momento el apremio con el que el sujeto trataba de conseguir una manguera. No dejó de parecerle una ironía aquel crimen primario (de todas formas debía matar a la esposa, otro cabo suelto). Lo que lo llevó al borde de la risa fue el hecho de que lo estuvieran juzgando por dos escalofriantes crímenes más: el del muy respetable científico Timothy Crawford y el del gánster Bobby Bertrand. En el juicio dejó escapar un par de sonrisas breves cuando definieron a Bertrand como un hombre que, a pesar de tener cuentas pendientes con la ley, podría haber alcanzado un perdón razonable si se hubiera acercado a negociar.

—Tiene algo que decir, señor Flanagan —preguntó el juez al final.
Bobby respiró profundo. Tuvo ganas de ponerse en pie y decir la verdad, la increíble verdad, pero no lo hizo.

—No tengo nada que decir —respondió.
Escuchó su sentencia con una tranquilidad pasmosa: muerte por inyección letal. Después se puso de pie y se dejó llevar a la celda en la que habría de esperar hasta el cumplimiento terrible de su condena.

Iván Darío Fontalvo de la Cerda: (Santo Tomás, Atlántico, 1991). Joven escritor costeño, finalista en 2016 del V Concurso de Cuento La Cueva. 

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