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Latitud 19 de Noviembre de 2017

El sagaz preguntador del Caribe

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Foto: Archivo

Humberto Mendieta

Un recorrido por la vida de un incansable contador de historias, desde sus tempranos inicios como redactor de judiciales en EL HERALDO, hasta sus últimos años en el mismo diario, como Editor General.

La primera imagen que tengo de Ernesto es la del muchacho más alto de varias cuadras a la redonda, con una ingenuidad a flor de piel que le sirvió para ser un sensible reportero de agudo ojo cinematográfico. Veía lo que otros no veían. Preguntaba por cosas que eran de público conocimiento, y que él también sabía, pero siempre quería oír de boca de otros  una segunda o tercera versión, como lo dijo en la crónica «El hombre que no sangró»: «Hace una semana vi morir a un hombre. Lo vi morir en la televisión y en la primera página de un diario de alta circulación… Tanto en televisión, como en las fotos que aparecieron en los periódicos, pude constatar perplejo que este pobre hombre, asesinado salvajemente en una calle de Puerto Príncipe, no derramó una gota de sangre».

No ocultaba su interés por todo y por todos. Y no escatimaba esfuerzos para hacer un permanente análisis de las cosas cotidianas y en apariencia intrascendentes, o qué tal «No toco, no toco y no toco»: «…había sido en su juventud la gran promesa del piano en Colombia. Con ese mérito y esa fama regresó a Santa Marta. Siendo el nombre de moda fue invitado a una fiesta. Allí le pidieron que tocara. El maestro intentó Mozart... Uno de los asistentes, algún camaján de linaje y finca bananera, le pidió que tocara La múcura o El helado de leche. El anciano se negó. Entonces lo ignoraron… colocándole por ahí derecho el sobrenombre con el que de allí en adelante se burlarían de él: ‹No toco, no toco y no toco».

Lo que parecía en el Ernesto adolescente una actitud detectivesca y chismosa, era, en realidad, y en ese entonces, el preámbulo de lo que sería su vida: un preguntador profesional y sagaz como lo retrata la entrevista ‹Diomedes y la muerte›, matizada con la popular frase «No sé, Ernesto, no sé». Aquí uno de sus destacados párrafos: «Lo que nadie hubiera podido suponer es que todas esas preguntas sobre la muerte estaban incomodando de tal manera a Diomedes que al año siguiente, cuando le propuse una entrevista, el artista simplemente se negó. En varias ocasiones me dejó plantado. Diomedes, cuyo conjunto ya para ese entonces era conocido como el de ‹Novienes Díaz y Juancho tampoco».

En esos años juveniles el pretil y el bordillo eran lugares formidables de encuentro en las noches barranquilleras para debatir, discutir y celebrar. Atlético Junior –como era entonces el nombre completo del equipo de sus amores–, los personajes y los valores costeños estaban siempre a la orden del día, una prueba de ello es «Juniormania en el exilio»: «El estadio ‹Murillo Toro› era una calderita de pasiones, en donde el 99 por ciento le agitaba furiosas banderas a su equipo y el uno por ciento, que éramos los 75 hinchas junioristas, tratábamos de imponernos entre aquella bulliciosa multitud… solamente nos agredió con frases inocentonas, como ‹esta tarde comeremos lechona tolimense con tiburón›. El Pibe y su corte nos hicieron el favor de callarlos. Ya para el segundo gol… ‹éramos los 75 costeños quienes les gritábamos a los 19 mil tolimenses: ‹La lechona se la rellenamos de goles…»

«Lo que pasa es que los gringos son cuasi mecánicos», me dijo un día en la desaparecida Heladería 11 de Noviembre, a media cuadra de los recordados cines ABC. Lo soltó así para saldar triunfante una discusión entre los dos sobre Estados Unidos. Y aunque no fungía de intelectual, usaba términos que en segundo de bachillerato no eran comunes. Tampoco era común un denodado interés de muchacho por la magia del Caribe y con la que soñaba aun estando aquí, un buen ejemplo es «La agonía de la Niña Emilia», que se puede ver en YouTube.

Fue Ernesto un batallador incansable de los intereses cívicos y locales. En defensa de esos intereses, nos matriculamos de ‹bobales› en una época. Estábamos en las Brigadas Cívicas Juveniles, y su papá, Ernesto McCausland Osío, era el alcalde. Un día nos recibió en su despacho junto a María Margarita Carbonell y Diana Fernández, orgulloso él de que su hijo, Tico, trabajara con ahínco por la ciudad y por el Teatro Municipal Amira De la Rosa. Después, y como un fogonazo, recuerdo la mañana de un encuentro casual en el viejo aeropuerto de Barranquilla. Me dijo que iba rumbo a Ringgold, en la Florida, a terminar bachillerato y jugar básquetbol allá. Luego supe que el destino era incierto y ese viaje se convertiría en un juego de la vida. Terminó yendo a un riesgoso tratamiento experimental contra el cáncer que le detectaron los gringos. Fue una larga lucha que ganó durante años y a la que le dio la guerra callado, pero con una alegría a flor de piel y una dulzura permanente. Claro, él sabía desde muy joven el riesgo de irse pronto, así que disfrutaba cada momento con intensidad, como unos inmensos helados de Doña Crema que sorbía en ‹par patadas›. El viacrucis de su destino lo llevaba con una incomparable paz interior y exterior, sin ocultar la enfermedad con la que Dios lo ungió, como se lo dijo al ex alcalde de Cartagena Campo Elías Terán en «Palabras para un Campo Elías asediado»: «Entre tantas necedades que te dicen cuando eres un paciente de cáncer, escucharás prédicas exóticas sobre deidades hechizas, conminaciones a que ingieras todos los días un buen filete de cascabel… Dedícate a cuidarte y a librar la batalla que Dios ha elegido para ti, al tiempo que te ha ungido del poder sagrado para vencerla».

A comienzos de los 80, pipiolos ambos en el periodismo, nos encontramos en EL HERALDO. Entró una mañana a la sala de redacción con Chachy, su hermana. Había regresado de Estados Unidos y ya tenía claro qué quería: contar lo que siempre había visto, pero hacerlo por el lado humano, retratando a los personajes de la Región o a quienes vivían aquí. Poco a poco, trasnochando muchas veces por arduas y fructíferas tareas que le imponía el Director Juan B. Fernández, obtuvo la experticia para poder hacer lo que hizo en prensa, televisión, radio y cine. Logró entonces perfilarse e identificar cuál era su estilo y su línea. En los primeros años cubrió, como todos nosotros, una fuente de información. Algunas veces el área de salud, otras judiciales, e inclusive Concejo, una corporación a la que criticó en una célebre columna suya, la cual originó un candente debate mucho más ardoroso del que deben hacer los honorables a sus proyectos. Para la muestra «Los angelitos y el carnaval»: «Vamos a ser tan ingenuos en Barranquilla como para creer que nuestros angelitos de repente se volvieron buenos y quieren lo mejor para el carnaval. Ellos saben que el carnaval puede ser un buen negocio, pero no para volverlo eficiente, sino para saquearlo y tirarse las fiestas. Que Barranquilla entienda que en el alma de la mayoría de ellos se aloja una ‹Yidis› perversa y pedigüeña…»

Así, como escribía, con facilidad, se paseó por diversos géneros, incluyendo el chat y el Twitter, del que se convirtió en un maestro para apretar en 140 palabras mensajes precisos. Eso de pasearse por los géneros no es una pretensión. Tenía Ernesto una especie de don de la ubicuidad laboral. Disparaba sus crónicas desde el periódico, diversas revistas, la televisión, la radio, un libro o el cine. Siempre destacado. Realizó todos sus proyectos. Su recorrido comenzó con una Brother portátil y luego en computador por las publicaciones más importantes de Colombia.

Un reportaje que marcó a Ernesto en los albores de su vida periodística y le dio puntaje entre la redacción y frente a la implacable y laboriosa Olguita Emiliani Heilbron, la temida asistente del Director, fue a un renombrado bailarín ruso —tal vez Mijaíl Barýshnikov—. El talentoso artista se había negado a responder en los jardines del Hotel El Prado unas preguntas en su idioma natal y solo atendió a Ernesto en inglés. Esa fue la primera de centenares de crónicas que leímos y en la cual se vislumbraba un periodista con una mirada y un lenguaje diferente. Llamando las cosas por su nombre, pero dando un mágico toque de color a cada frase. Sorprendiendo al lector con estocadas finales que sacaban sonrisas, carcajadas o profundas meditaciones. Fue Ernesto un explorador del Caribe nuestro, un cronista consumado y obsesionado con los personajes populares y con los hechos más comunes y coloquiales. Entrevistador permanente en la calle, tanto del mesero que lo atendía como del artista que se destacaba. Le daba brillo a cualquier hecho simple o de apariencia intrascendente, tanto fue así, que en boca de sus dos hermosas hijas puso este emotivo párrafo de prestidigitador de las palabras cuando le entregaron el merecido Premio Simón Bolívar a Toda una vida, pocos días antes de que se le fuera la suya: «Me las he arreglado para hacerles creer a todos que soy cronista y de semejante falacia he logrado salirme con la mía. La verdad es que me volví impostor de la crónica, porque los caudales de la vida no me dieron otra opción».

Fue este el remate público de la trayectoria de 30 años intensos de un adicto al periodismo y a la averiguación, o mejor, de un preguntador profesional. 

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