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Latitud 14 de Enero de 2018

Fase gris

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Leonardo Carvajalino

Historia inédita. Doce segundos es el lapso que tarda en caer un cuerpo de contextura mediana. Tiempo suficiente para sentir cómo se escurre la vida.

Fue así como en los tiempos del infinito placer los recuerdos se contagiaron de olvido y tomaron forma de finas hebras de cristal, tan lúcidas que con solo una mirada por encima del hombro se podría ver a través y conocerse por siempre, no existía la necesidad de inservibles recuentos cronológicos de lo miserable de la vida en este indeterminado presente, pasado a futuro que llega en huracanados vientos alisios conocidos como flujo de tie». El sonido de golpes en su puerta llevó a Gilberto Hill a interrumpir su lectura abruptamente. La compañía que había solicitado llegaba a la hora ordenada. Ni un minuto de retraso confirmó el reloj que se quitó y usó como marcador en la página 79. Se levantó de su escritorio y atendió el llamado.

Era una muchacha con peluca rubia y un zipper a un lado de su mini falda que facilitaba el trajín del día. El señor Hill la hizo pasar con un movimiento repetido de la mano derecha, la izquierda apuntaba a los billetes en la mesa de noche al lado de la cama personal en donde se le iría la retentiva. Su acompañante se desnudó al ritmo de su mandíbula mascando chicle; en sus costillas figuraba un tatuaje de una pecera con un carpín dorado que lo alimentaba una mano invisible, la comida caía como nieve. 

De lo que pasó inmediatamente después hay poco que contar, ella finge con cronometrada precisión, desprende aromas de una génesis que es mejor no indagar. Hill cerró los ojos, intentó reemplazar su compañía con alguna de un archivo en su memoria, sin embargo se le dificultaba retener una presencia específica. En sus 37 años de vida había finalizado todo lo que había comenzado, excepto esto. El abrupto cese de actividades le sugirió a su compañía que deseaba un cambio posicional, pero Hill había cumplido su última función en la tierra. Le pidió que se fuera, ella, familiar a la situación, se vistió con presteza y sin hacer preguntas, obedeció. 

Se sentó desnudo en su escritorio y reanudó la lectura en un párrafo aleatorio: «Arsénica Giraldo contrajo la malaria a través de cartas que mandaba su esposo, que leía encerrada en el sótano a la luz de una vela que luego usaba para quemarlas…», no pudo terminar la oración pues ya no reconocía los símbolos que le seguían. 

Intentaba aferrarse a la única verdad que conocía, su nombre era Gilberto Hill y tenía una vida que le pertenecía pues la había vivido, sin embargo su entendimiento del exterior se estrechaba con cada segundo. No sabía dónde estaba, qué era aquello en lo que estaba sentado, o para qué servían las perillas. El señor Hill utilizó la lógica de una mosca intentando salir de un cuarto, corrió hacia el exterior que reflejaba su ventana ignorando el vidrio que los separa. Se estrelló seis veces contra la pared traslúcida hasta que esta cedió. Hill cayó desde el octavo piso de su edificio.

Negro

En el séptimo piso al señor Hill se le borraba de la memoria su niñez en Indiana,  sin sabores,  promesas rotas, expectativas derrotadas; cada clase y compañero de la escuela, aprender a nadar y a ahogarse, y la ética de recibir y nunca dar.  Se le olvidaba aquel domingo en el que cumplió 11 años, le regalaron un bate que su madre usaría para atacar a su padre por razones inciertas para él, claras para la muchacha en su puerta embarazada. Y el lunes que su padre se despidió con un ojo morado, y aquel martes en que le preguntó a su madre si volvería, y el miércoles que se dio cuenta que lo había visto por última vez.

El sexto piso se llevó los recuerdos de su juventud, una etapa de soledades largas y silenciosas, condimentada con sustancias interdimensionales, y que se inscribieron en su hombro izquierdo en forma de letra de un idioma apócrifo sin real significado. Se esfumó el vívido dolor del abrazo a las flores en el féretro de su madre, que encontró una tarde sentada en el comedor con recibos en sus manos y un corazón que había renunciado. Como también se omitió de su retentiva haberse enlistado en el ejército para escapar del abandono y tener una compañía que apagara la voz que reptaba en sus adentros: y cortarse el pelo y afeitarse y vestirse igual y disparar y matar y encajar.

El quinto piso le contribuyó con sus recuerdos de guerra, la danza falaz con aquellos de ideologías torcidas y principios inconcebibles, a los que él llamó hermanos y acompañó a la batalla entre los gritos guturales de niños jugando policías y ladrones y perdiendo sus vidas en el transcurso. Se le escapó la batalla del valle arenoso en la que  el desierto se tornó negro y el único estímulo sensorial  eran las voces que reconocía de sus compañeros heridos pidiendo auxilio y zumbidos de balas que llovían horizontalmente. Los que no murieron, como él, caminaron encadenados y jorobados en la arena en la que el resto de su tropa terminó la última jornada; valientes, obedientes, ahuecados, en pedazos.

El cuarto piso se hizo cargo de suprimir la tortura como prisionero de guerra. Lo hizo olvidar del día 49 de cautiverio en el que le enterraron un puñal en su mano izquierda y le prometieron sanarlo a cambio de información, y lo único que sabía era su nombre y el de aquellos que habían muerto, y repetía «Soy Gilberto Hill, soy Gilberto Hill, soy Gilberto Hill» y la humedad escarlata de la sangre resbalando por sus dedos. También borró el día 65 en el que su compañero de celda murió a causa de una alergia a la penicilina que pidió que le inyectaran para curar una herida infectada. Y el día 86, en el que el granito se desprendía del techo a causa de las bombas que lo venían a liberar y que no sabía si sentía alivio porque lo rescatarían o por una explosión que no discerniera entre él y sus enemigos y se los llevara a todos.

Blanco

En el tercer piso yació la desaparición de su regreso a casa sano, ahuecado, trastornado, traumatizado, a  salvo, sin dinero, sin habilidades, sin empleo. Olvidó a Karen, su pelo negro enredado entre las sábanas claras y sus ojos entreabiertos que lo vigilaban, la textura rasposa de su rodilla cuando metía su mano debajo de su vestido en el cine, el café que preparaba mientras bailaba una canción que inventaba tarareando cada mañana. Se le fue de la mente la gordura del embarazo inoportuno. Salir de su casa con un encargo de leche para sus hijas y volver con el olor a whisky barato y señoritas negociantes, y los golpes en la cara entre el llanto a dueto insoportable. Se esfumaron los «me voy a ir y no volveré» y los «no si yo me voy primero», y cerrar la puerta con la maleta en la mano y un sentimiento de victoria que se parecía a la pérdida.

El segundo piso retiró los recuerdos de la última vez que vio a sus hijas, Clara y Norma. El vacío que sintió al verlas en ropa interior bailando juntas, de esta haber sido la única oportunidad en que les dio un regalo, dos billetes de un dólar que aceptaron estoicas y sin reconocerlo. Del amargo orgullo que sintió al verlas mostrarse el cariño que nunca les enseñó frente a extraños que silbaban y aplaudían. De llegar a su casa e intentar dispararse en la cabeza y no tener balas, y haber utilizado los últimos dos dólares que le quedaban de su cheque mensual.

El trayecto del primer piso lo hizo olvidarse de lo que era, lo que es, lo que sería, por lo que vivía, por lo que moría, a aquello que le temía, lo que quería, lo elemental, lo complejo, lo reprimido y que nunca expresó, de lo que estaba hecho, en lo que se convertiría, lo debido, lo regido, lo amado, lo vivido, lo existente, y llegó a la nada. El aire revoloteaba en círculos alrededor del humo expiado en su travesía, alrededor de todos sus conocimientos, entre todo lo que falló y acertó, y esos recuerdos patológicamente infestados de olvido se despidieron de su cuna, y abriendo sus alas de alquitrán huyeron presurosos hasta morir a pocas leguas de su partida bajo el filo de la hoz del abandono, que sin rendirle cultos fúnebres se fue sacudiendo su mano en despedida. Cuando el señor Hill vio el punto de llegada frente a sus ojos, su mente se coloreó en fase gris, y fue uno con el viento…

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