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Histórico 15 de Enero de 2011

Todo lo que hay que saber de una gran película colombiana

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 Parte esencial de este libro es la conversación entre Alexandra Cardona y el cineasta Víctor Gaviria. Aquí un fragmento de esa conversación.

Alexandra Cardona. Lo de los guiones empezó porque la gente llegaba donde Jaime, mi esposo en aquella época, año 1983, con guiones para que él fuera su productor. Como yo siempre estaba escribiendo y a veces les oía las historias, me acuerdo que les decía que metieran esto o aquello. Y ellos me contestaban: “Ay, sí… Alexanda, tan querida”, y chao… El caso es que cualquier día (yo nunca había pensado escribir para cine, siempre pensé que iba a escribir literatura y teatro), como nadie me paraba bolas, cogí uno de esos guiones de mediometraje y miré cómo era que se escribían, y me dije: “Voy a escribir una historia”. La que escribí fue Derechos reservados, una historia que en el fondo y en la superficie tiene mucho que ver con esa situación de la mujer ignorada por sus amigos intelectuales. Con Derechos reservados ganamos. Aquí es cuando las cosas cambian, porque la propuesta incluía que Jaime fuera el director, porque yo nunca tuve el afán de dirigir… Ese fue el primer mediometraje que dirigió Jaime y del que yo fui productora. En ese sentido creo que, gracias a Jaime, tuve la fortuna de coincidir en tiempo y espacio con los cineastas que comenzaban a abrirse paso y a consolidarse en el medio nacional. Derechos reservados tuvo la característica de que la filmamos en nuestra casa. ¿Tú alguna vez has filmado en tu casa?
 
Víctor Gaviria. No, nunca.
 
AC.  Pues no lo hagas –Alexandra se ríe–, es un desastre. Terminábamos de filmar, cansadísimos, nos íbamos a acostar y encontrábamos un aviso sobre la cama que decía: “No tocar, tiene continuidad”. El caso es que después de Derechos reservados comencé a ‘existir’.
 
VG.  ¿Ya podías hablar en las reuniones?
 
AC.  Yo siempre he hablado… A mí no me importa que no me paren bolas… Inmediatamente después de Derechos reservados, comencé a escribir De vida o muerte, el mediometraje que es como un cortometraje de Confesión a Laura. El origen de De vida o muerte no está en el 9 de abril.
 
Hay dos cosas que me dispararon el surgimiento de De vida o muerte: una película y un suceso. ¡Ah!, y le agregaría un tercer elemento: la primera imagen que tuve de esa historia, que es la que después termina convirtiéndose en Confesión a Laura. La película fue: Tarde de perros.

VG.  ¿Por qué?
 
AC.  Porque la película se desarrolla a partir de una situación en donde la gente está encerrada, sitiada, y todas son personas que no se conocen. Pero en doce horas, mientras ocurre el atraco y la negociación con la policía, los personajes se transforman. El espectador se da cuenta de todo lo que puede pasar cuando se está abocado a una situación extrema…
 
VG.  ¿Una situación con unidad de espacio y tiempo?
 
AC.  Sí… La otra cosa fue que en esa época el M-19 se tomó la Embajada de la República Dominicana. Al tomarse el M-19 la Embajada, acordonaron todas las calles alrededor. Que el Ejército se metía, que se metía la Policía, lo que pasa en las primeras veinticuatro horas. Y lo transmitían como un partido de fútbol. Y yo me preguntaba: ‘¿Qué pasó con la gente?’. Por ejemplo, un tipo que le estaba vendiendo una aspiradora a una señora en una casa. No pueden ni entrar ni salir. No pueden. ¿Qué tipo de relación se comienza a establecer entre esa señora y el vendedor de la aspiradora? Tienen que pasar toda la noche ahí. El vendedor deja de serlo para conversar de algo. Tienen que almorzar, tienen que comer, tienen…, porque nadie podía entrar ni salir. Mi gran inquietud era qué pasa cuando un sujeto está abocado a una situación extrema como esa; qué pasa con esos personajes que quedaron encerrados. Pudo pasar de todo. Pudo haber gentes de todo tipo, a las que además sus vidas se les pudieron haber visto afectadas drásticamente por el hecho de haber estado ahí, en ese momento, pero nunca vamos a saber nada de ellos. El otro elemento, el tercero, es una imagen que está reproducida en la película: desde la ventana de un apartamento, desde la que se puede ver la del frente, vemos a dos personas sentadas en los extremos de un sofá. 
 
Pero cuando hacemos el contraplano, cuando vemos desde el interior del apartamento, descubrimos que del muro para abajo realmente tienen un juego de coquetería, se están tocando las manos, los pies. ¿Quiénes son estos personajes y por qué se acarician así? Así aparecieron las puntas de los tres hilos que tejieron Confesión a Laura, el de Tarde de perros, el de la ‘toma’ de la Embajada de República Dominicana, y esta imagen que es la imagen para mí clave, la que me permite después entrar en el otro proceso de construcción de personajes, etc.
 
La escena inicial
 
Tal como lo escribió Alexandra Cardona, ofrecemos las dos primeras escenas en que aparecen los personajes protagonistas de esta historia:
 
SECUENCIA 2 A
EXTERIOR / INTERIOR - APARTAMENTO DE SANTIAGO - DÍA
 
Santiago sube las escaleras del edificio, llega al descanso del segundo piso, mira hacia la calle, con cuidado, por la ventana del descanso. Abre la puerta de su apartamento y entra. Inquieto, mira por la ventana hacia la calle. Se retira de la ventana, se quita la gabardina y la cuelga en un perchero. Desde la calle llega el sonido de esporádicas explosiones y disparos. En off se escucha la voz de Josefina hablando por teléfono.
 
JOSEFINA
 
(En off / in) Si usted lo que quiere es mi opinión, el almuerzo le quedaría regio si en vez de sobrebarriga prepara un ajiaco… Sí, claro, mija. Las mejores guascas de Bogotá las consigue en el puesto de Don Parmenio, dígale que va de parte mía. Josefina, sentada al lado de una mesita, habla por teléfono. Josefina es una mujer gruesa, de unos cuarenta a cuarenta y cinco años, mediana estatura, cabellos rubios sostenidos por una redecilla, vestida con falda y blusa impecables sobre las que lleva un delantal blanco almidonado.
 
JOSEFINA
 
(In) Las alcaparras usted sabe dónde comprarlas, las mejores, importadas… No mija, usted qué se va a preocupar por eso. Eso es un alboroto menor… no vaya a dejar de atender a sus invitados por esa... Sí tontería… tranquilícese… Bueno, más tarde la llamo para que me cuente cómo le fue ¿sí?… Hasta luego. Josefina cuelga y se dirige hacia la cocina. Mientras va hacia la cocina pasa al lado de Santiago, que se ha sentado en la cabecera del comedor.
 
JOSEFINA
 
(Casi sin mirarlo) ¿Por qué se demoró tanto?
 
SANTIAGO
 
(Inquieto) Creí que no iba a poder regresar…
 
JOSEFINA
 
(Lo mira incrédula. Interrumpe calmada) No exagere…
 
Josefina sigue hacia la cocina.
 
SECUENCIA 3
INTERIOR - COCINA APARTAMENTO SANTIAGO - DÍA
 
Es una cocina pequeña, muy bien organizada. Todos los objetos que se encuentran allí están muy limpios y en su sitio. Josefina se encuentra abstraída terminando de decorar una torta con crema blanca. Tiene todos los elementos necesarios para realizar esta labor, distribuidos sobre una mesita auxiliar blanca. Suenan esporádicos disparos en la calle. Santiago se acerca a la puerta de la cocina. Josefina, sin mirar a Santiago, continúa decorando la torta. Cuando parece que ha terminado se retira un poco, la observa con satisfacción y exclama:
 
JOSEFINA
 
Perfecta, ¡me quedó perfecta! (Sin dejar de mirar con mucho agrado su obra, a Santiago). ¿Y lo del desayuno? Santiago saca un pañuelo del bolsillo y se seca el sudor del rostro, mientras le dice:
 
SANTIAGO
 
Es imposible, Josefina, no hay nada abierto. Fui hasta la veinticinco y eso es una locura, usted no…
 
JOSEFINA
 
(Interrumpe) ¿Pero cómo? (Contrariada) ¿Entonces no consiguió nada?
 
SANTIAGO
 
Pero si usted viera cómo están las calles, lo de ayer fue terrible, los almacenes parecen, (pausa) no sé…, (preocupado) es una cosa espantosa.
 
Santiago sale de la cocina. Desde la puerta de la cocina se ve que Santiago se dirige a la sala. Josefina, con tranquilidad, regresa a su trabajo.
 
JOSEFINA
 
(Sin darle trascendencia a lo dicho por Santiago) Bueno, menos mal que me queda un poco de leche… Después me invento algo.
 
Josefina deja la torta y comienza a recoger los utensilios.
 
JOSEFINA
 
(Desde la cocina) Ahora le sirvo.
 
SANTIAGO
 
(Desde la sala) No se preocupe, mija, no tengo hambre.
 
Josefina ve que Santiago se sienta al lado del radio y se inclina, lo va a encender.
 
JOSEFINA
 
(Para sí) Otra vez…, (a Santiago) Santiago…
 
Santiago la mira.
 
JOSEFINA
 
El sombrero, ¿no se lo va a quitar?
 
Santiago se quita el sombrero, va y lo cuelga en el perchero, regresa a la sala, enciende el radio.

 

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