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Latitud 26 de Noviembre de 2017

La hora de la estrella

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El 9 de diciembre se cumplen 40 años del fallecimiento de la escritora brasilera Clarice Lispector. El autor la recuerda con este texto.

Efraín Villanueva*
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Sólo en una ocasión, en 1977, Clarice Lispector concedió una entrevista frente a una cámara. El periodista, Júlio Lerner, parecía estar consciente de la responsabilidad que le caía sobre los hombros: «ni Kafka, ni Dostoievski, ni Fernando Pessoa, ni Peretz», fueron filmados en vida. Más le valía hacer un buen trabajo. Lerner le preguntó si renacía y se renovaba con cada nueva obra y ella reflexionó durante unos segundos antes de responder: «Bueno… de momento, estoy muerta. Veremos si puedo renacer. Por ahora estoy muerta… hablo desde la tumba».

Pero además de respuestas crudamente honestas, Lispector también reveló el título de un libro que acababa de terminar: Trece nombres. El libro sería finalmente publicado como La hora de la estrella, pero acompañado de los trece títulos que Lispector mencionó en la entrevista, uno debajo del siguiente. Como era bastante supersticiosa, si escribía un cuento prefería que no pasara a la página trece, Lispector firmó debajo del cuarto título, separando de esta forma el listado en un grupo de cuatro y otro de nueve. El nueve era uno de sus números favoritos. 

Clarice

En Brasil, a donde Lispector llegó a los dos años con su familia, huyendo de los pogromos contra judíos que azotaban Ucrania, la llaman y la reconocen por su primer nombre: Clarice. Su primera novela, Cerca del corazón salvaje, fue publicada cuando tenía veintitrés años. Se trató de un debut con una recepción impresionante que logró posicionarla con contundencia dentro del espectro literario del Brasil de su época.

Su figura, era bastante reservada con su vida privada, proyectaba un aura de misterio en todo el que la conocía. Gregory Rabassa, traductor estadounidense, confesó que quedó «atónito al conocer a esa persona extraña que se parecía a Marlene Dietrich y escribí como Virginia Woolf». Pero, al mismo tiempo, su obra era en ocasiones catalogada como demasiado hermética.

Hoy, sus libros se venden en máquinas expendedoras en las estaciones de metro de Brasil, su memoria es conmemorada con estatuas y en estampillas de correo, y la ebullición de sus lectores es comparable a la de autores tipo best-sellers, como J.K. Rowling o Elena Ferrante. Para la revista New Republic, Lispector «está recibiendo el tratamiento –que el escritor chileno Roberto– Bolaño –recibió después de su muerte– y la aclamación global que tanto había merecido».

Macabéa

La hora de la estrella es la historia de Macabéa, una huérfana que llega de las zonas más pobres del país, en el noreste de Brasil, a Río de Janeiro. Es una muchacha tan pobre que no come carne –el olor a carne cruda es para ella como un perfume– y no sabe qué son los espaguetis italianos, su cuerpo es raquítico y sus ovarios están secos. Cuando no trabaja como mecanógrafa, Macabéa escucha la radio en un cuarto que comparte con otras mujeres, escuchando palabras y términos cuyos significados desconoce: aristocracia, renta per cápita, príncipe, electrónico, conde, cultura. Macabéa ni siquiera es capaz de sentirse ofendida cuando es insultada y no cree merecer o necesitar mucho más de lo que tiene.

Y a pesar de la vida que lleva, no está triste «sólo en la cara estoy triste, porque por dentro me siento alegre. Es tan bueno vivir, ¿verdad?» Macabéa es feliz por dos razones. La primera, como ella misma declara con honestidad, es que no tiene preocupaciones porque «cree que no necesita vencer en la vida», carece de aspiraciones. La segunda es que no es consciente de su pobreza, ni de su mal olor, no se cuestiona la vida porque «es así porque es así», no añora nada porque no conoce nada más allá del medio en que se ha criado y crecido. Macabéa es como un animal que vive sin cuestionar por qué vive, no es consciente de su propia existencia, ni siquiera sabe que tiene una vida interior, esa que el resto damos por hecho.

Sólo la música la hizo adivinar «que quizá había otros modos de sentir, que había existencias más delicadas y hasta con un cierto lujo en el alma». Y entonces Macabéa lloró por primera vez, sin tener seguridad de porqué lo hacía.

Escritura

Macabéa, sin embargo, no es la única protagonista. El narrador, un hombre que vive en un estado mucho más privilegiado que el de Macabéa, se llama así mismo un personaje, pero es más que eso. Nos cuenta también su historia, que es, a la larga, la historia de Lispector, la historia de su autora y su lucha para escribir y narrar.

La hora de la estrella es un libro de una ‹prosa sencilla›. Dado que ‹prosa sencilla› es un concepto inventado y vago, que podría significar cualquier cosa, dejaré que sea el narrador, o la misma Lispector, quien lo explique: «Me propongo a escribir algo que no sea complejo […] Está claro que como escritor tengo la tentación de usar términos suculentos: conozco adjetivos esplendorosos, carnosos sustantivos y verbos tan esbeltos que atraviesan aguados el aire en vías de acción, ya que la palabra es acción, ¿están de acuerdo? Pero no voy a adornar la palabra porque si yo toco el pan de la muchacha, ese pan se convertirá en oro, y la joven –tiene diecinueve años–, y la joven no podría masticarlo y se moriría de hambre. Así, pues tengo que hablar con simpleza para captar su delicada y vaga existencia».

En muchos contextos, esta ‹prosa sencilla› junto con una extensión corta, sólo 112 páginas, se convertirían en sinónimos de lectura rápida, de esas tan halagadas porque se ejecutan en una sentada. Pero no es este el caso de La hora de la estrella. Este es un libro que provoca una lectura sin afanes, hay una invitación, y también una necesidad, de detenerse en cada palabra, no para saborearlas porque la vida de su protagonista sabe a café frío y las palabras que nos la relatan también, pero nos detenemos en ellas porque la experiencia de Macabéa se vuelve nuestra y nos cuestionamos donde comienza ella y donde comenzamos nosotros.

Este es el resultado, por supuesto, de un cuidado milimétrico en el lenguaje. Pero no es una atención que se limita a la elección de la palabra o la sintaxis o el estilo más conveniente para cada momento del relato. El de La hora de la estrella es el lenguaje preciso, el único que podría haberse empleado para contarnos esta historia en particular. El gran acierto es el trabajo conjunto entre el narrador y Lispector para descubrir el lenguaje de la vida de Macabéa, descifrarlo y llevarlo al papel.

Poco después de esa entrevista en cámara Lispector publicó La hora de la estrella. Poco después de la publicación, falleció. Había enfermado unas semanas antes, de repente, y fue llevada al hospital por su amiga Olga Borelli, quien recuerda lo que ocurrió en el taxi: «Finjamos que no vamos al hospital, que no estoy enferma, y que vamos a París, –pidió Lispector–. Así que comenzamos a hacer planes y a hablar sobre lo que haríamos en París. El chofer del taxi, ya cansado de trabajar toda la noche, preguntó tímidamente: ‹¿Puedo ir yo también de viaje?› Clarice le respondió: ‹Claro, y también puede venir su novia›. Él dijo: ‹Mi novia es una mujer mayor de setenta años, y no tengo dinero›. Clarice contestó: ‹Ella también viene. Finjamos que ha ganado usted la lotería›. Cuando llegamos al hospital, Clarice preguntó cuánto era. Sólo 20 cruceiros, y le dio 200».

Efraín Villanueva (@Efra_Villanueva). Escritor colombiano radicado en Alemania. Es MFA en Escritura Creativa de la Universidad de Iowa y tiene un título en Creación Narrativa de la Universidad Central de Bogotá. 

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