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Latitud 25 de Junio de 2017

“La infidelidad me sirve de pretexto para explorar la condición humana”

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John Better Armella

Una entrevista a Efraim Medina a propósito de su más reciente novela titulada ‘Los infieles. Vol. 1 Acto de pudor’.

Efraim Medina Reyes, como Iggy Pop o los Rolling Stones, siempre regresa. El escritor cartagenero, que ha tenido largos lapsos sin publicar, nunca deja de escribir. Sobre todo, tiene muy claro que escribir y publicar «son dos oficios distintos y por eso hay tantos por ahí que jamás escriben, pero publican y publican».

Medina no pierde el sentido del humor nunca y eso es clave para cualquiera que desee permanecer invicto en este ring de amarguras llamado  literatura. Referente de una generación, sigue influyendo en nuevas generaciones que lo ven como un mito o una estrella de rock. Chicas y chicos pálidos y furiosos que andan con sus libros leyéndolos por las calles sucias y brillantes de cualquier ciudad latinoamericana.

Lo cierto es que el tiempo parece estar de parte de Medina Reyes, y mientras otros escritores colombianos yacen en el olvido, él sigue dedicado al oficio que mejor sabe hacer. Desde Italia, donde reside hace más de quince años, nos concedió esta entrevista para Latitud en la que deja entrever que sigue siendo el autor mordaz, inteligente y sexi que sus lectores adoran.

P  ¿De qué trata ‘Los Infieles. Vol. 1 Acto de pudor’?
R Es una serie de siete novelas que abordan el tema de la infidelidad desde diversos puntos de vista. Vol. 1 Acto de pudor es la primera entrega.

P  ¿Qué tipo de relación hay entre cada novela?
R  Cada historia es independiente, pero además de la infidelidad como tema hay personajes que aparecen en más de un volumen. Otro elemento que comparten es que en todas las novelas de la serie hay un hecho violento que atraviesa la trama.

P ¿Además de la infidelidad, qué otros temas surcan estas novelas?
R  Como artista eso me hace tener cierta propensión hacia lo absoluto. A través de la infidelidad exploro todas las facetas de la condición humana y de la realidad en que las personas viven sumergidas. En Vol. 1 Acto de pudor el protagonista es un profesor de filosofía que está agonizando en un hospital con una bala en la cabeza, pero cuya máxima preocupación es el futuro de su hija.

P  Usted es padre de Elisa y Daniel, ¿cómo han influido ellos en su escritura?
R Ellos han influenciado todo en mí, desde ayudarme a descubrir un insólito amor por las verduras, que ellos odian y que les impongo cada día, hasta cada línea que sueño y escribo. Durante años dejé de publicar para concentrarme en criarlos, porque no basta con traer niños al mundo para ser padre. Ser padre es un oficio minucioso y tenaz que implica hasta la última célula de nuestro cuerpo. Los primeros años son fundamentales y los siguientes también. Ahora están yendo al colegio y empleo ese tiempo libre escribiendo.

P  ¿Qué hay, en esta nueva etapa, del Medina Reyes que conocimos con ‘Érase una vez el amor pero tuve que matarlo’ y ‘Técnicas de masturbación entre Batman y Robin’?
R «Solo soy un hombre normal con una verga enorme», dice uno de los personajes de la primera temporada de True Detective. Mis preocupaciones esenciales siguen intactas y luego han ido apareciendo nuevas. Supongo que también el lenguaje y la visión de los personajes cambia con la experiencia. He descubierto el whisky japonés, sigo aferrado al blues y mientras exista una mujer mi religión es la carne.

P  ¿Sigue siendo la música una pasión por explorar?
R  Sí, más que nunca. El proyecto con 7 Torpes Band está llegando a su fase culminante. Paralelo a la serie de novelas Los infieles estoy acabando La mejor cosa que nunca tendrás (Lado B de Érase una vez el amor pero tuve que matarlo), cuya banda sonora estamos grabando. Es algo que me entusiasma, colaborar con músicos, gente de cine, diseñadores de ropa, cualquier cosa, menos con aburridos escritores.

P  ¿Qué pasó con ‘Bluesman/songs & stories’?
R  Antes de que acabe 2017 publicaré con Fracaso Ltda. Editores esa novela experimental, será un libro fetiche que estoy diseñando en colaboración con el artista Kayer Zosa (Julián Arango Osorio)

P  ¿Qué atributo poseen sus personajes del que usted carezca?
R  Me gusta un texto de J. L. Borges que habla sobre la posibilidad que tenemos de dar el coraje que nos falta, la esperanza que jamás albergamos y el amor que no conocimos.

P  ¿Se siente tan vigente como hace 20 años?
R  Mido 187 centímetros, peso 83 kilos y en mi oficio soy el rey. Me siento fuerte y atractivo, tengo dientes blancos y un oscuro corazón que vibra ante la belleza. Y en la pista de baile de La Cueva sigo invicto. No sé si eso responde a su pregunta.

P ¿Qué consejo les da a los nuevos escritores?
R  Lo único que puedo aconsejar a los nuevos y viejos escritores y a cualquier hombre sobre la faz de la tierra es que si de verdad aman a sus mujeres nunca las dejen bailar conmigo.

‘Los infieles. Vol.1 Acto de pudor’ (Fragmento )

Uno pasa por una calle, ve las hileras de casas, sus bardas, sus jardines, sus ventanas protegidas por barrotes de hierro y la luz cálida de alguna lámpara. Uno camina y camina, en alguna ventana se asoman un rostro y una mano que saluda tímidamente y uno responde con el mismo gesto sin detenerse. Ni por un instante piensa que tal vez esa persona estaba pidiendo ayuda, que tal vez está sometida a circunstancias terribles de las que no consigue escapar, que tal vez bastaba detenerse un segundo para liberarla de su cautiverio. Uno camina y camina y piensa en sus propios líos, pero uno ni siquiera entiende la dimensión de sus propios líos.

Raquel parecía feliz y nunca me atreví a dudar de esa felicidad. Sabía de un desliz extramarital y la respaldé. También le sugerí poner las cosas en claro con Álex y separarse si era el caso. Me prometió hacerlo y tal vez lo hizo. Uno camina y camina por la cuerda floja de sus líos. Uno mira la luz en esa casa, la mano que saluda... Uno ama a sus hijos, daría la vida por ellos, pero no puede estar veinticuatro horas cada día vigilando sus pasos. Tengo cincuenta y cuatro años y antes del disparo era un hombre alto y atractivo, que se cubría las canas de un modo tan sutil que nadie lo notaba. Lo digo en serio, nadie. Me casé, tuve dos hijos, obtuve el empleo que soñaba y en mi jardín cantaban los ruiseñores. En nuestro décimo aniversario mi esposa, que había estado de viaje con unas amigas por todo el fin de semana, me confesó que me engañaba. La noticia me tomó desprevenido, sentí que el piso se hundía bajo mis pies. Metí mis cosas en una raída maleta y me mudé a un hotel. Tres días más tarde regresé a la casa y le pedí explicarme las cosas hasta el último detalle. El sujeto en cuestión era un arquitecto peruano, durante meses estuvieron chateando y luego decidieron encontrarse. Ese fin de semana él tenía que asistir a un congreso en Río de Janeiro y ella se inventó el viaje con sus amigas. Cenaron, fueron a cine, hablaron de mí, se revolcaron de lo lindo y al despedirse descubrieron que querían volver a verse. Por ese motivo —Carol quiso dejarlo muy claro—, me había puesto al tanto. Nunca te lo habría dicho si no sintiera que es serio.

—Me parece muy bonito de tu parte —dije con toda la sorna de que era capaz—. ¿Qué hago ahora?, ¿agradecerte?

—No —dijo ella sin ruborizarse—. Conquistarme.

Pensé si debía reír o echarme a llorar, era una propuesta tan desatinada y cursi que opté por volver al hotel. Esta vez aguanté cuatro días. Raquel y Vicente, ajenos a la situación, no entendían mis idas y venidas. Carol seguía chateando con el infeliz peruano. Le pedí acabar con eso, le recordé que éramos una familia. Me preguntó cuánto tiempo hacía que no la tocaba.

—Por encima del promedio —dije.

—¿Qué coño dijiste?

—Lo hacíamos regularmente hasta que apareció ese enano.

Fue hasta la mesa del comedor, recogió el iPad y me mostró una serie de fotografías.
—¿Te parece un enano?

En vez del inca grasiento que había imaginado, en la pantalla del iPad resplandecía un rubio altísimo, vestido de golfista y posando sonriente sobre un hiperrealista prado verde. Me di cuenta de que si no hacía acopio de inteligencia e imaginación mi matrimonio iba a irse al demonio. 
 

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