El id es:node/146354
Latitud 26 de Noviembre de 2017

Monstruos incomprendidos

El usuario es:

Reseña de la primera temporada de la serie de David Fincher para Netflix, ‹Mindhunter›, que se estrenó en octubre.

Kirvin Larios Moreno*
Compartir:

Hubo un tiempo en que no existían los serial killers o asesinos en serie, tal como hoy los conocemos. Eran asesinos todavía sin nombre –sin clasificar– que parecían matar porque sí, por pasión, divertimento, perversión, o por un desconocido trastorno mental. Para deshacerse de estos criminales –para condenarlos a prisión perpetua o a morir en la silla eléctrica–, la justicia y la sociedad los tachaban de locos o psicópatas, negándoles cualquier posible explicación de sus actos. Una vez que los capturaban, los policías y detectives podían echarse a dormir, y esperar a que llegaran otros asesinos para intentar atraparlos.
¿O tal vez todo sigue igual y no nos damos cuenta?

Los asesinos también son cultura

Mindhunter, la nueva serie de Netflix basada en el libro homónimo de John E. Douglas, trata de algunos casos emblemáticos de asesinos que ayudan a dos agentes y a una colaboradora del FBI a perfilar y caracterizar a estos ‹monstruos›. El plan, en vez de juzgarlos moralmente como casi todo el mundo, es escuchar a los criminales y extraer de ellos –visitándolos en las prisiones– lo que necesitan para conocerlos mejor, y aplicar ese conocimiento a futuros o recientes casos de asesinatos. Las investigaciones que se llevan a cabo en la serie, ambientada en los Estados Unidos de la década de los setenta, están permitiendo establecer a los agentes del FBI, más que nunca antes, algo que a cualquier institución policial le costaría trabajo aceptar: la diversidad, la complejidad y la estructura social que envuelven a los asesinos y sus actos. Es decir que están viéndolos por primera vez como parte de una cultura y estudiándolos –tal vez sin darse cuenta– como creadores de una (la cultura de los asesinos seriales que ya todos conocemos, y que ha dado lugar, tanto a las leyes que pretenden controlarlos, como a las características físicas y psicológicas que los rodean; a los ‹groupies› que los persiguen en los juicios; a los curiosos que los ‹googlean› para conocer sus historias; a las películas y programas del true crime mundial que, a cualquier hora del día, en televisión y en plataformas streaming, los abordan en diferentes formatos y formas, etcétera).

Los argumentos de la posesión demoníaca o la locura, asociados comúnmente al carácter de los criminales, son meros infundios que se descartan en el intento de conocer mejor a los asesinos. Muchos de los crímenes se esclarecen en el ámbito de la vida cotidiana de los culpables, en sus recuerdos familiares y forma de crianza, en la ausencia y la dureza de sus padres y madres, en los desplantes y los maltratos de su juventud; en cuyo seno la mayoría se han formado y han extraído, por decirlo de una manera muy escueta, la inspiración y el deseo para cometer sus fechorías. Incluso cuando mienten o alardean de sus acciones, los criminales dan a entender algo de su carácter y de lo que los motivó a hacer lo que hicieron. Es como si los agentes les dijeran: háblenme de sus vidas, sus frustraciones, sus miedos, sus recuerdos, incluso sus mentiras, y trataremos de entender por qué es justificable para ustedes matar así.

En efecto, quizá lo más difícil de comprender es que la mayoría de los asesinatos están justificados, y que detrás de cada asesino hay una historia tal vez más compleja y ardua e incluso irónica de entender que la de sus propias víctimas –o al menos más compleja que las de los policías y jueces que al llamarlos locos o monstruos, se niegan por siempre a conocerlos mejor–. Los policías locales no conocen los nuevos métodos de análisis, y desconfían en que existan patrones de comportamiento entre los asesinos. No creen por ejemplo que estos puedan regresar por cuenta propia a la escena de un crimen; que vuelvan a matar si ya lo hicieron; que por soberbia pasen una prueba de polígrafo, o que persigan una misma tendencia –o la tendencia entre las tendencias–, como la de matar siempre a mujeres.

Empatía por los criminales, horror por sus crímenes

En una columna sobre la serie, el escritor peruano Santiago Roncagliolo recuerda en El Comercio el caso de los violadores de niños: «Ejecutarlos puede parecer justo, dada la repulsión que nos inspiran. Pero nos impide investigarlos para detectar mejor e incluso impedir los casos futuros». Y después añade: «Resulta tentador castigar ojo por ojo y diente por diente… Pero Mindhunter sugiere que es mucho más práctico enfrentarlos con el cerebro». Este sentido práctico es el que escasea en el sistema jurídico con el que se enfrentan los agentes Holden Ford, Bill Tench y la doctora Wendy. Para ellos, es una suerte que, en los estados donde no rige la pena de muerte, algunos asesinos no hayan podido ser condenados a la horca o la silla eléctrica, porque de ellos depende el material que pretenden convertir en un instrumento de análisis con carácter científico. En un capítulo se ven obligados a abogar por el destino de un violador asesino, a quien una población y una jueza quieren ver muerto, pero que ellos capturan y necesitan vivo para no despertar desconfianza en los otros entrevistados.

El trabajo de los investigadores –cuya máxima complejidad quizá radica en ponerle ‹cerebro› y dotar de un nuevo sentido a lo que está tipificado como insensatez, monstruosidad, locura o todo lo anterior–, también se ve dificultado por el carácter duro y terco de Bill, por los métodos rigurosos de la doctora Wendy y, sobre todo, por las tácticas de Holden, quien propone de primero la idea de hacer las entrevistas y que se dirige a los asesinos intentando «hablar su lenguaje», lo que lo lleva a repetir a adrede la frase de uno de los criminales durante el interrogatorio de otro, tentar la vanidad de un violador con el uso de expresiones obscenas y explayarse en el asiento de la sala de visitas de una prisión de máxima seguridad como si estuviera en su casa. Pero es precisamente con este método, que lleva al entrevistador a parecerse al entrevistado o incluso hacerse su amigo, el que proporciona la información más valiosa y pone en problemas al grupo de investigadores. Las preguntas que aquí surgen casi inevitablemente son las relacionadas con nuestra empatía por los criminales. ¿Nos atraen porque en el fondo queremos conocerlos? ¿Queremos conocerlos para buscar nuevos motivos para despreciarlos? O, a juzgar por la atención que reciben, ¿nos regocija despreciarnos a nosotros mismos a través de ellos, y ver a través de ellos una especie de mapa borroso y espeluznante de las crueldades humanas?

Sin cadáveres en primer plano

Tal vez uno de los méritos más grandes de la serie sea el de no mostrar nunca la escena de un asesinato o un muerto, más allá de las fotografías de las víctimas o el relato de los criminales, y conservar aun así el interés y el suspense, sin caer tampoco en la tentación de la mayoría de series de televisión actuales de mostrar cuanto menos un cadáver en primer plano o un sangriento asesinato. La temporada entera se apoya en la genialidad de sus diálogos, y en que las marcadas diferencias de los personajes permiten elaborar un amplio panorama con enfoques diversos y matizados para cada caso, con su efecto correspondiente en la cotidianidad de los personajes. El director David Fincher y compañía han logrado condensar en diez capítulos formidables una historia que no es alargada y tortuosa como Zodiac (2007), ni tonta y previsible y mal actuada como Gone girl (2014). En nuestro recuerdo tal vez sea más cercana a la tenebrosa y espeluznante Seven (1997), coprotagonizada por Brad Pitt y Morgan Freeman. La atmósfera misteriosa, los autos lujosos y la banda sonora con canciones de la época, y las actuaciones –con la sorprendente interpretación basada en el asesino Edmund Kemper– constituyen otro atractivo importante. Pero lo más acertado quizá sea la elección de un protagonista, el agente Holden Ford, a contrapelo de los métodos tradicionales de investigación, que deja un rastro de dudas y dilemas morales tras cada entrevista, cuyo carácter obsesivo queda evidenciado a ratos en su mirada absorta y escrutadora, y que corre el riesgo de estropear el curso de las investigaciones y de sucumbir a su propia ambición.

*Kirvin Larios Moreno (Barranquilla, 1993) estudia literatura en la Universidad Autónoma de Bucaramanga.

Mensaje enviado Satisfactoriamente!
REPORTAR UN ERROR O SUGERENCIA
Ir a EL HERALDO