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Latitud 31 de Diciembre de 2017

Nacidos 31 de diciembre: una fiesta de nombres farragosos

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Niños pertenecientes a la etnia wayuu.

Víctor Bravo Mendoza*

Un acercamiento a ‹Manifiesta no saber firmar: nacido 31 de diciembre›, de la escritora wayuu Estercilia Simanca Pushaina.

Dejar hablar al sufrimiento es el principio de toda verdad.
Adorno

«Las fiestas son, en sí mismas y por sí mismas, un síndrome simbólico global en el que se ritualizan actitudes, cualidades, valores, fenómenos sociales, etc., en un todo estructurado y coherente. Las fiestas así consideradas, se nos presentan como un fenómeno esencialmente expresivo y simbólico que ha cristalizado en un conjunto estructurado de signos, señales, indicadores y símbolos perfectamente integrados en un código comunicativo que constituye un lenguaje hablado o escrito» (Prat).

Definida de esta manera, las distintas fiestas serían por siempre una digna alegría del bien vivir y el buen sentir para cualquier individuo. No obstante, para los nacidos 31 de diciembre (fecha que brinda el nacimiento de un nuevo año, dándole sentido a la celebración de la fiesta de Año Nuevo o de San Silvestre), en el departamento de La Guajira colombiana y pertenecientes a la etnia wayuu, no es así. Ocurre de esa manera, porque al nacer un 31 de diciembre, la fecha les recuerda unos nombres que no los nombran como personas en su ser trascendente; porque, tal como lo dejó planteado Jorge Luis Borges en Otras inquisiciones: «…los nombres no son símbolos arbitrarios sino parte vital de lo que definen». Y a estas personas (de esas que manifiestan no saber firmar), a quienes le endosaron la fecha de nacimiento 31 de diciembre y fueron bautizadas haciendo una fiesta de nombres farragosos, nombres distintos a su manera propia de nombrarse (permíteme amable lector –para que veas como se siente distinto–, utilizar la palabreja ‹quersoneso› para darle un nombre a la península de La Guajira), sólo por la codiciosa consecución de unos votos no les dieron un nombre para nombrar: les pusieron solo un nombre para llamar. Un nombre árido, vacío y sin significado para la «parte vital» que los define: ser wayuus.

Ahora bien, para desglosar las líneas hasta aquí escritas, hay que adentrarse al relato: Manifiesta no saber firmar: nacido 31 de diciembre, de la escritora wayuu Estercilia Simanca Pushaina, quien abrió todos sus sentidos al universo para establecer con él y en él, una jerarquía de magnificencia crítica proyectada hacia la luz para decir en testimonio escrito los engaños que en un pasado inmediato padeció su etnia en el vivir y el sentir, encabalgado lo uno y lo otro en el sufrimiento, al ser despojados de una fecha verdadera de nacimiento y de un nombre propio real a su «parte vital» de ser. Y de todos los engaños que padecidos fueron –al igual que otros tantos que los miembros de la etnia wayuu  aún sufren–, el de mayor estigma es el del engaño político. Y tal para cual: como equivalente de máximo engaño, el sintagma numérico del relato: Manifiesta no saber firmar: nacido 31 de diciembre, no es gratuito. El número 3 «sirve de fundamento a numerosas concepciones sistemáticas y de ordenación»: la alquimia tiene, por ejemplo, tres elementos: azufre, sal y mercurio: el azufre es cercano a lo infernal, su llama y su olor animan al innombrable. El mercurio representa lo volátil; y, en el texto escrito por Estercilia, el agente que propicia el engaño a través de la ciencia política, se presenta como unidad en tres personas: político candidato, la primera; político electo (digamos: presidente, senador, gobernador o alcalde), la segunda; ex político (todo principio tiene su final) y la tercera. ¿Y, si la sal se corrompe como se corrompe lo político?... ¿Qué queda? Volviendo a los números y tomando el número 1, debemos saber que éste es «símbolo de los orígenes todavía no diferenciados». Preguntémonos, entonces, cómo diferenciamos un candidato político de otro, un político electo de otro y, finalmente, un expolítico de otro expolítico. Es imposible hacer la diferencia, porque en nuestra ‹clonocracia›, los políticos tienen la virtud de ser tres personas muy distintas, pero jamás una que sea verdadera. Y fueron ellos, los políticos, cuando iniciaban sus campañas como candidatos a diferentes curules, quienes les esquilmaron, además de la fecha de nacimiento y un nombre esencial, el festejo a la fiesta de Año Nuevo a muchísimos miembros de la etnia wayuu, apartándoles de los valores simbólicos de la alegría que propician no solo las fiestas, sino la fechas de nacimiento y las ceremonias de bautismo, así sea, como ocurre desde hace muchos siglos para los wayuu, sin los rituales que amerita o reclamaría para sí, su omnipotencia Maleiwa.

De lo escrito en el anterior párrafo (y no por hacer el quite a lo espinoso del tema), sobre el espécimen político que de alguna u otra manera, todos, sin excepción, llevamos dentro, ni una sola palabra es de mi autoría. Todo está explícito en Manifiesta no saber firmar: nacido 31 de diciembre. Y para decírnoslo, Estercilia Simanca Pushaina, ha tomado la mejor manera, el mejor instrumento que se ha inventado para conocerse así mismo: la metáfora escrita: «El medio para conocer lo que son los hombres de hoy en su conjunto es esencialmente el arte: la pintura, la música, la literatura que están por hacerse». Y Estercilia, ha alcanzado en el hecho estético esa transfiguración. Primero, porque vivió y padeció con su familia el engaño de lo político. Y segundo, porque a través de la evocación –en literatura es la mejor manera de alcanzar la perfección–, el engaño político, que es lugar común en nuestras sociedades latinoamericanas, ella, Estercilia Simanca Pushaina, con «su acción imprevisible, explosiva, independiente de toda intención extrema», alcanzó a convertirlo en un producto artístico literario. Otórguele Maleiwa, entonces, ardoroso y largo aliento, para que siga protegiendo con la palabra escrita a todos aquellos que manifiestan no saber firmar y que, para más horror de horrores, les obligan nacer 31 de diciembre, despojándoles hasta de un nombre esencial, lo que se constituye en otra de las maneras de que el individuo vuelva a estar en el mundo con sus «orígenes todavía no diferenciados»; porque carecer de un nombre intensifica y acumula las carencias del querer ser, rebajando al individuo de cualquier elevación superior. El nombre invita y habilita los deseos de ganar espacios que interiorizan ganancias hacia lo elevado, espacios que realmente armonizan con la inclusión. El nombre es un polo positivo que cuando acoyunta con el existir busca a través de los intersticios de las excelentes cualidades, la comunicación con las alturas del cielo. El nombre ayuda a apropiarse de lo deseado en el máximo umbral del bien. Desde esa perspectiva, el nombre siempre remitirá hacia lo superior: «Soy el que Soy», tal como se lo reveló Dios a Moisés al preguntarle a Yahvé quien era. Con lo dicho, Dios dejó dicho para todos los tiempos que Él es y será el Único. Lo demás es lo que es su nombre. El individuo es lo que el nombre tiene como pedestal en el tamaño de su destino.

Y he ahí, la fiesta del farragoso horror contado por Estercilia: la negación de un nombre probado a unos individuos que merecían tener un nombre heredado de su cultura, de su etnia, en fin, de la ‹parte vital› de su ser. El nombre es en el ser humano uno de sus significantes mayores: el nombre traslada a la persona sus equivalentes patronímicos. El nombre es el punto de partida que une el sujeto del ser a la ‹persona›. El ser humano, sin el nombre de origen, queda desacralizado, discontinuo.

«Toda mi familia hizo una larga fila con otras gentes que venían de otras rancherías, para recibir una tarjetita plástica que ellos llamaban cédula. Eran las mismas que ellos se habían llevado una semana antes de las elecciones». Ese día me enteré que mi tío Tanko Pusahaina se llamaba Tarzán Cotes, que Shankarit se llamaba Máximo, que Jutpunachón se llamaba Priscila, que Yaya se llamaba Clara, que Castorila se llamaba Cosita Rica, que Kawalashiyú se llamaba Marquesa, que Anawachón se llama Jhon F. Kennedy, que Ashaneish se llamaba Cabeza, que Arepuí se llamaba Cazón, que Waríchón se llamaba Lebranche, que Cauya se llamaba Monrrison Kdnusen, que Cotiz se llama Alka-Selkser, que Jierranta se llamaba Hilda, que el primo Rafael Pushaina se llamaba Raspahierro, que Tashalein se llamaba Brandy, que su hermano Teyruma se llamaba Napoleón, que Sharechon se llamaba Thomas Old Parr y por un momento temí que conmigo pasara lo mismo».

* Director de los talleres en Escritura Creativa: Cantos de Juyá, desde 1999 y Relata Guajira del Ministerio de Cultura, desde 2006.

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