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Latitud 21 de Enero de 2018

Ramón Bacca y el mito de la marihuana

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Texto sobre Bacca, al que el autor llama: «Un escritor para escritores», como le decía Álvaro Mutis a Borges; y su anécdota con ‹la hierba›.

Julio Olaciregui
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Vi la noble cabeza de Ramón Bacca, sus finos cabellos blancos, rebeldes, moviéndose al compás de la música de Mozart y sentí que el concierto de la Orquesta Académica de Colonia, en el Parque del Sagrado Corazón, el pasado lunes, era la serenata perfecta para celebrar los 80 años de este escritor, cuya obra se agiganta cada día más entre nosotros, sus lectores.

Sentado sobre la hierba en posición flor de loto, en medio de centenares de muchachos, su leve sonrisa de felicidad me hizo recordar la frase que él cita en su primera novela, Deborah Kruel (1990), «un oasis musical en un desierto melódico», el lema de un programa de música clásica en una emisora de Barranquilla.

Este señor refinado, vegetariano, pacífico, abstemio, no fumador, emérito profesor de literatura en la Universidad del Norte, solo aspira ahora a cantar y contar, a echar cuentos y pasar ratos sabrosos haciendo sonreír al prójimo. Lo suyo es leer y escribir y estar tranquilo.

Por eso hemos comenzado a llamarlo ‹el sabio del Limoncito›, el parque del barrio Villa Carolina, frente a su casa.

Sabemos que ha sufrido por el ruido que a veces nos invade por esos escaparates musicales que no dejan conversar… en la ciudad algunas bandas de malandros atraen ahora a los jóvenes con sus fiestas y ‹picós›, la desmesura alcohólica, la marihuana cripy y muchas otras drogas.

Las páginas de ‹crónica roja› de los periódicos son páginas de un libro sagrado desechable. Toda vida es sagrada. Todo crimen es una tragedia: El marido mató a la mujer o viceversa, eso está en Esquilo, en Sófocles, en Eurípides. Orestes es un personaje que reaparece en varios de los 14 libros que Bacca ha publicado.

La literatura grecolatina lo sedujo desde su adolescencia. El nombre de Ulises, el astuto, aquel varón de multiforme ingenio que supo escapar a mil peligros, figura en el título de su próxima novela de inminente publicación por una editorial multinacional.

Algo de dandi libresco y juguetón hay en Ramón Bacca, un escritor para escritores, como decía el poeta Alvaro Mutis sobre Jorge Luis Borges.

Como Baudelaire él parece dudar de la época que le ha tocado vivir, preguntándose si estos crueles tiempos pueden generar una obra poética o novelesca imperecedera.

«No soy de fácil acceso al público, las cosas que escribo en mis libros no son fáciles, requieren lectores con una mediana información previa. En mi periodismo soy más llano, más sencillo», se le escucha decir en una de las numerosas entrevistas suyas que flotan ahora en el ciberespacio.

Nadie ha escrito tanto como él sobre nuestra ciudad. «En esta Barranquilla que me ha tocado vivir y que es escenario de mis novelas Maracas en la ópera y Disfrázate como quieras, he comprendido con el paso del tiempo (…) que aquí no se cuenta por fechas de años sino por reinas de carnaval».

Una de sus últimas novelas, La mujer del defenestrado (2008), es un condensado perfecto de sus intenciones literarias, de su humor, de esa energía que se siente en cada párrafo mientras va hilando sus tramas delirantes… Al lado del cuerpo que ha caído –¿suicidio o crimen?– fue encontrado ‹un libro deteriorado e incompleto›.

«¿No era la novela que yo había perseguido durante años sin lograrlo?», dice el narrador-detective-abogado, por supuesto un alter ego de Ramón.

«Busco en las bibliotecas de mis amigos», a eso ha dedicado gran parte de su vida, a buscar libros, pero sin la manía del bibliófilo, tan solo para leerlos.

«Ni en los ‹agáchate› del Paseo Bolívar, ni en las librerías de segunda en Pica-Pica –o en el Callejón de los ‹Miaos›–, conseguí el libro», se queja el personaje.

Siempre estamos buscando un libro, el mundo existe para convertirse en libros, como decía Mallarmé. «Todo termina en un libro», reitera en su crónica Japoneserías.

«Escribir es estar pensando en escribir», dice en otra de sus entrevistas, moviendo sus manos con gestos que recuerdan a otros sabios gozones, Roland Barthes o Severo Sarduy.

Bacca se dio cuenta que tenía el don de la escritura porque las cartas que enviaba a sus tías desde Medellín, donde comenzó sus estudios universitarios, pidiéndoles plata, gustaban y eran pasadas de mano en mano entre sus familiares allá en Santa Marta.

En sus apuntes autobiográficos ha insistido en que la vida suya ha sido «una vida sin mucha épica», pero se contradice cuando cuenta, por ejemplo, sobre sus dos años como juez en La Guajira, una época muy fértil y nefasta –sonaba noche y día una marimba hecha con huesos– que le daría pie para escribir la obra que lo ha hecho célebre, Marihuana para Göering.

Los jóvenes lectores, escritores incipientes, buscan sobre todo la edición de este libro de tapas negras con la inconfundible hoja verde del poderoso cáñamo psicotrópico.

Los paisajes de La Guajira reaparecerán una y otra vez en sus textos. Bacca jamás se cansará de describir el indómito territorio wayúu y el valioso aporte que dio a su imaginario, aunado al hecho de que allá en sus pueblos vio más de 700 películas y leyó libros como En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, La montaña mágica, de Tomas Mann y Crimen y Castigo, de Dostoievski.

La llamada ‹bonanza marimbera› aparece en La mujer del defenestrado. En sus investigaciones el protagonista llega a casa de una mujer, Emma, quien le dice que los libros editados en papel Biblia o papel de arroz «son los mejores para liar cigarrillos de marihuana. Todos habían sido fumados, hasta la última página. Cuando se cerró la puerta calculé la cantidad de cigarrillos fumados, y no sé por qué, pero sentí envidia de no haberme fumado el tomo de Baudelaire».

Pero eso fue antaño. Bacca, que se burla de los hippies de mayo del 68, ha contado que el olor agridulce del humo a monte de la marihuana le produce náuseas, «me mareo en forma insufrible».

El doctor Alberto Galofre, un célebre psiquiatra del siglo pasado, que tenía su consultorio en el Edificio García, curó su adicción a la marihuana con un tratamiento hipnótico «tan poderoso que hasta el día de hoy a Ramón le ataca un fuerte dolor de cabeza cada vez que huele accidentalmente la yerba», dice el escritor Fabián Buelvas en el muy justo y hermoso perfil que le dedicó en la Revista El Malpensante.

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