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Latitud 21 de Mayo de 2017

Raúl Gómez Jattin, el ángel caído

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Foto: Las calles de Cartagena, el hábitat natural por muchos años de Gómez Jattin.

Anecdotario, a 20 años de su partida, de la vida y obra de un poeta telúrico.

Por Leo Castillo
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La validez de su obra no puede argüirse en perspectiva de vanguardias, pudiéndose afirmar que estamos ante una obra convencional en lo referente a técnica, lenguaje, tema. Exenta de malabares, económica en imágenes. El valor de su inesperada obra poética radicaría en la postura franca y el riesgo ante los asuntos que la convocan. Raúl Gómez Jattin es un poeta de ideas, un pensador, un animal rumiante de su palabra, acaso nuestro autor más visceral, de un estilo cuidado, exigente y notablemente preciso, no pocas veces brillante. Sobrio, magro y hasta robusto. Su “mester” está cimentado en Homero y en la gloria del teatro griego, en Platón. Intimó como actor y director teatral con el zafarrancho de Aristófanes, la maestra precisión y solvencia expositiva de Sófocles, si bien nuestra memoria no retiene alusiones suyas a Esquilo, el supremo trágico de los griegos, a nuestro criterio. En Raúl Gómez Jattin en el principio fue el teatro, después la poesía.

Nuestra proclividad al telurismo exuberante nos hace saludar con salvas estentóreas sus alusiones al amor entre hombres, al consumo de alucinógenos, a la zoofilia, como si allí estribara el inmenso valor de su gran obra poética. Ya la Biblia se ocupa de (preocupa por) este hábito de los hijos de Israel, común, por demás, a todos los pueblos de la tierra: árabes (Gómez Jattin era nieto de una aldeana siria, de Idlib, instalada en Cartagena de Indias) se apareaban con camellas, italianos con cabras, andinos con llamas, costeños con asnas, y así en India, etc. “No te ayuntarás con ningún animal, contaminándote con él, ni mujer alguna se pondrá delante de un animal para ayuntarse con él; es una perversión” (Levítico, 18:23.) Dice nuestro poeta (Donde duerme el doble sexo) respecto de la gallina: “Será porque a ella también le gusta que uno se lo meta/ Lo malo es que caga el palo.” Más bien creemos que esto es lo estética y quizás éticamente punible en su obra poética.

Otra cosa sucede con Te quiero burrita, un poema inofensivo y apacible en que la bestia es la “compañera ideal” porque “no hablas/ ni te quejas”, etc. De ninguna manera nos avenimos con esto. El hombre no debe compasión a los animales, sino justicia, ha escrito Schopenhauer. Quizá se nos objetará con Sade, pero es al gran prosista francés detrás del criminal el que nos maravilla, y así admiramos a Villon por su Legado, no por haber muerto a un clérigo disputando a una prostituta ni por sus asaltos al tesoro y las caravanas. ¿Sólo quería, en esto, ser provocador Raúl Gómez Jattin; irreverente? Lo dudamos. Intentaba, más probablemente, catarsis de una represión sexual de que fuera frecuente víctima. Cabe apuntar aquí, de paso, sus lecturas concienzudas de Kavafis, Whitman, autores con los griegos y latinos precursores de su glosa del amor entre hombres. No leyó, sin embargo, a Petronius Arbiter, tan notable en este terreno.

Felizmente es el tremendo poeta irreductible a la caricatura que este paso en falso pudiera abocetar, irreductible su rico arte y la amplitud de su personalidad generosa alcanzando un alto y no pocas veces delicado registro de emociones y revelaciones tan particulares. Así tenemos que el más bello poema escrito en Colombia el siglo pasado a la figura de la madre es su sensible Lola Jattin. El poeta regresa más allá de sus recuerdos en una memorable evocación lírica, transida de sentimiento y elevada anticipación elegíaca, “cuando los dos recuerdos: el de mi madre y el mío/ sean sólo un recuerdo solo: este verso”, regresa a un instante precioso en que emerge su madre iluminada por la refulgente pedrería de la noche, “sentada en un balcón mirando los luceros”, una noche anterior a la primera noche del poeta, cuando apenas “en su vientre me oculto”. La misma Lola Jattin a quien, después, “no consigue matarla con canciones de amor.” Esta joya del sentimiento la dedica Raúl Gómez Jattin a Alejandro Obregón, artista a quien quería y admiraba y de cuyo trato siempre se mostró honrado. Se expresaba en términos no menos emotivamente elogiosos de Álvaro Cepeda Samudio, cuyo encanto ponderaba más allá de la literatura, llegando a delatar una atracción física póstuma. En cambio sí se vio en más de una ocasión en Cartagena con García Márquez, a quien hasta entonces admiró sin medida. Sucedió así: en una de sus visitas a esta ciudad, alguien habló al celebérrimo novelista del poeta y se concertó un encuentro (desencuentro.) Al serle presentado, García Márquez, sin los visos de admiración que el poeta esperaba, simplemente dijo: “Ah, de modo que tú eres el poeta de Cartagena”. Desde entonces García Márquez cayó del cielo de la gracia del poeta, al punto que el fastidio le descomponía el rostro grande, acamellado del hombre promediando los cincuenta que entonces tan estrechamente tratamos y toda su admiración y sus elogios fueron reencauzados hacia la figura del “Nené” Cepeda. Raúl era celoso, territorial, macho alfa. Tenía un elevadísimo concepto de lo que estaba haciendo, al punto de habernos dicho en una ocasión (pero esto ya cuando caía hacia su ruina mental y física), que él era “mejor que Borges”. No creemos que el ardiente elogio de que lo hiciera objeto Jaime Jaramillo Escobar (X-504) haya disparado su ego hasta la patología, puesto que su hostilidad hacia muchos escritores ya daba de qué hablar antes de la carta de Jaime. Había agredido verbalmente a colegas (Juan Manuel Roca, entre tantos) y físicamente a Milcíades Arévalo , José Luis Garcés González, Jorge García Usta… De la manera en que su animadversión era correspondida por los agredidos no nos ocuparemos aquí.

Alguna vez Raúl nos preguntó qué pensábamos acerca de su posteridad. Entonces respondimos que él vivía en la calle de en medio de la poesía colombiana, que sus libros serían traducidos a varios idiomas y que sería reconocido como un grande de la literatura en lengua Castellana. Pareció satisfecho mientras, mesándose la barba y mirándonos directamente con sus grandes ojos almendra madura, intentaba penetrar, más allá de nuestra sinceridad e intuición profética. Se creía brujo, leía el Tarot y el I Ching, a sí mismo y a sus amigos. Una muestra de su demonología y visiones (léase, si se quiere, alucinaciones esquizofrénicas) se encuentra en El libro de la locura y en Los poetas, amor mío.

Si bien en Elogio de los alucinógenos replica el procedimiento de la zoofilia, hallamos aquí una correspondencia fértil entre éstos y su poesía, apareciendo los alucinógenos como determinantes en su contrato vital con el poema: “Del hongo stropharia y su herida mortal/ derivó mi alma una locura alucinada/ de entregarle a mis palabras de siempre/ todo el sentido decisivo de la plena vida.” Aquí la masticación con enjundia y la rumia de su viacrucis existencial de la mano de la poesía y los estupefacientes.

Raúl, no olvidemos, fue paciente siquiátrico durante casi toda la vida adulta. En su mesita de la residencia La Muralla, en la calle de la Media Luna, Cartagena de indias, apilaba las drogas prescriptas por el siquiatra: Akinetón, Cuait-D, Diazepam, Rohipnol, Ativan y Largactil. También tomaba litio, cuya deficiencia en el cerebro provoca la locura. Según esto, deberíamos la creación de algunos de sus más extraordinarios poemas a la falta de este metal. Todas estas drogas, amén de decenas de cigarrillos, porros, cocaína y bazuco eran de diaria ingesta. A Raúl lo mantenían en pie las drogas. Pudo reponerse algunos meses, gracias al único viaje que hiciera fuera del país, llevado a tratamiento de desintoxicación en Cuba. De allá volvió, sin razón aparente, odiando a Fidel y en general a toda la isla. Conjeturamos que se debió a su calificación de mero paciente siquiátrico en problemas con las drogas, sin que en Cuba se tuviera en para nada en cuenta al menos su condición de “poeta de Cartagena”, como lo había disminuido García Márquez.

En La Muralla tenía una grabadora de casetes con vallenatos de Diomedes Díaz, los Hermanos Zuleta y algo de Albéniz. Prendía el aparato y le hacía, inspirado que daba gusto, segunda voz a Diomedes en Fantasía: “Ese que escribe versos / repletos de verano / estando en primaveraaaa / ése soy yo”. Una tarde Otto, administrador de la residencia, subió apresurado: “Raúl, dame lo que tengas para guardártelo, que viene la Policía requisando las habitaciones”. El poeta respondió al casero que no tenía nada, y éste bajó confiado los peldaños de madera. Le fueron decomisadas treinta papeletas de bazuco, aparte de marihuana y cocaína para su consumo personal, así que se lo condujo arrestado a la cárcel de San Diego. Dos o tres días después, debido a que era visitado por personalidades de la ciudad, empezaron a concederle salidas a la plaza del barrio, pero debía presentarse antes de diez de la noche. Una vez llegó retrasado y, como no quisieran dejarlo entrar por motivos de seguridad, que ya las puertas estaban cerradas, armó la gran alharaca, constituyéndose, que sepamos, en el único hombre que arme berrinche para que lo encarcelen.

Quería mucho a Luis C. López. Decía que con su padre habían sido, o que al menos habían tenido trato. De alguna manera se consideraba relevo del “Tuerto” López en Cartagena de Indias, en Colombia.

Un día, a mediados de 1994 salimos de La Muralla y nos sentamos en un cafetucho de la Media Luna. Raúl fumaba, como siempre, sus cigarrillos mentolados y tomaba café. Como nos quedáramos en silencio, más bien distraído, nos quedamos viendo en el televisor escenas de un partido de fútbol (jugaba Camerún contra un equipo que no recuerdo.) Asumiendo que el partido robaba la atención que se le debía prodigar, preguntó ásperamente aleteando su manaza con dirección al aparato: “¿Y eso a ti qué te importa?”. A un dealer que nos vendía marihuana y perico le decíamos el General, pero Raúl, pronunciando un gozoso un inglés amelcochado le llamaba el “General Electric”. Nunca fumábamos en las plazas, siempre en su residencia o en las murallas de la ciudad. Encendía el porro y, como la brisa del Caribe avivara su combustión, parodiando a un narrador que solía exclamar “¡qué maravilla! “, Raúl, mirando la candela del porro exclamaba “¡quema varilla!”, pues  a la marihuana la llamamos en la costa Caribe “vareta o varilla”.        

Estimamos que una dolorosa represión de su homosexualismo estuvo en la raíz de su locura. A despecho de sus poemas, era de una homosexualidad en tal media reprimida, que lo tuvimos siempre ante nosotros en actitud absolutamente asexuada. Ello debía forzosamente constituir una tenaz fuente de conflicto. Nunca lo constatamos, pero amigos nos comentaban que ciertos días, como el Tuerto López a las muchachas de Chambacú, Raúl recibía a algún muchacho de Bazurto e incluso de barrios más alejados del Centro amurallado. Quizá la salud de éstos no fuera siempre la mejor. Así Raúl, ya casi en las últimas, nos confió algo cuya veracidad queda en suspenso: dijo que estaba enfermo de sida. Fran Arroyo, Iván Barboza y Haroldo Rodríguez también, a su turno, escucharon esta “confesión”. Nunca hubo un diagnóstico clínico, así que ello queda en conjetura.

Conjetura también es para siempre la causa de su muerte en el puente de Bazurto. Tenemos razones para no subscribir la hipótesis de suicidio. Raúl estaba tan desintegrado física y mentalmente, que era ya incapaz de tomar decisiones. Erraba en la plaza de San Diego como una sombra en harapos, demacrado, semidesnudo, doloroso. No pedía ya ni siquiera de comer. Sólo de vez en cuando sacaba fuerzas de sus meros huesos horros de músculo para ir hasta la caleta de “Carmocha” por un porro. Despuntando la mañana que en otros ámbitos es primavera, la del 22 de mayo de 1997, Raúl quiso caminar un poco. Casi no dormía, sus huesos dolían contra el piso en el atrio del convento de Clarisas donde pernoctaba sin cobija ni colchón, a la intemperie. Por mera inercia se dirigió hacia donde Carmocha. En el puente el conductor de uno de esos autobuses que entraban a todo trapo desde los extramuros, no pudo avistarlo a tiempo tras la comba del puente. Y allí acabó todo. No quisimos verlo dentro del ataúd en la capilla de Clarisas (escuela de Bellas Artes) donde lo velamos a partir del mediodía. Quisimos quedarnos con el Raúl de las palabras que para él escribimos en un plegable publicado en Bogotá a propósito de su primer recital en Barranquilla en el año 1988: “Levitaban los concurrentes entre las eternas convocaciones del poeta: Dios y la muerte; el mundo, la historia y el dolor; el amor y el infierno”. Raúl Gómez Jattin estaba sentado allá al frente. Leía para un público arrebatado de la rutina su excelente poesía, su poesía vital. Allí estaba, tan irreal como cabría esperarse. Los versos de San Juan reclaman dibujar la impresión final: Vi descender del cielo a otro ángel robusto envuelto en una nube con el arco iris sobre su cabeza y su rostro era como el soly sus pies como columnas de fuego. / Tenía en su mano un librito abierto”.

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