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Latitud 17 de Diciembre de 2017

Se acabó el baile

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Existen en el Caribe distintas costumbres relacionadas con la muerte de los seres queridos.

Adriana Díaz A.

Reseña del último libro publicado por la editorial La iguana ciega, que tiene por tema de investigación la cultura de la muerte en el Caribe colombiano.

«No quiero morirme. Le saco el cuerpo ca’ ratico. Yo no quiero morirme porque, si fuera que por ejemplo yo supiera que de verdad existiría algo, que uno se iba pa’ otra parte, y si sirviera allá, porque como dice un dicho, ¿no? La gloria que no sé qué’e… si yo supiera que la muerte, por ejemplo, uno sirviera más muerto que vivo, yo me muriera hoy. Pero yo no sé, Ernesto… no sé... Imagínate, enterrao uno abajo,
en la tierra y con esos calores que hacen ahora»,
Diomedes Díaz en entrevista con Ernesto McCausland.

Con la muerte convivimos, y su carácter trágico de ausencia es contado y cantado por juglares que se resisten a dejarse vencer, como en la Danza del Garabato, en el Carnaval de Barranquilla, con su fatal desenlace previsto.

Alrededor de la muerte, en el Caribe, se tejen muchas costumbres y supersticiones, como cuando pasa volando una lechuza, se asume que alguien va a morir, creencia campesina que llegó hasta las ciudades por la integración cultural; o el dejar un vaso de agua en el cuarto del muerto para aplacar su sed es tradición de indudables ancestros africanos. En cambio, el indígena Zenú lleva vituallas a la tumba de su muerto el día de los difuntos, con el argumento de que aquél necesita sólo una comida por año y precisamente ese día.

En Córdoba, según el libro del compae’ Goyo Valencia, Córdoba, su gente su folclor, se encuentra otro rito: el ‹Muerto alegre›. Cuando el enfermo está en vísperas de su fallecimiento y lo presiente, el hijo mayor le pregunta cómo quiere que lo entierren. Si dice que como muerto alegre, va a la carpintería y ordena un ataúd de especial contextura, con las tablas de los lados de distinto espesor para que al tocarlas emitan sonidos diferentes. Cuando aparece la muerte, el cadáver es introducido y acuñado a los lados para impedir su movimiento, excepto en la cabeza, que queda libre. Los cargadores ejecutan pasos irregulares como si fuesen borrachos, con lo que la cabeza golpea contra los costados sonando a manera de tambor, lo que genera el comentario de los vecinos que observan el paso del sepelio: «¡Ahí va un muerto alegre!»

En el folclor se revela tanto lo que el pueblo sabe como sus actitudes, sus costumbres y sus recónditas creencias. Además, es un poderoso factor de acercamiento y unidad entre los miembros de cada grupo social. En el lenguaje también hay formas muy particulares para referirse a alguien que muere, entre ellos: «estiró la pata», «cogió camino», «puyó el burro», «colgó los guayos», «voltió los talones» o «peló el guineo».

A través de la música podemos penetrar en el análisis de la actitud del costeño ante la muerte, en lo cual la música cumple una función social, ya que corresponde a la cosmovisión del pueblo. Según Zapata Olivella, la cumbia hace parte de un ritual fúnebre que se transmutó en danza festiva. El carácter solemne de la cumbia así lo indica. Para José Barros, la cumbia procede de antiguos ceremoniales de los indígenas de la región, con su simbolismo del fuego en las antorchas que llevaban las mujeres como parte del ritual funerario.

La música es reforzada con una profunda reflexión sobre el triste destino de las riquezas después de la muerte, como es el caso de la famosa canción La caja negra, compuesta por Rafael Valencia e interpretada por el cantante y acordeonero Enrique Díaz:

El hombre que trabaja y bebe
déjenlo gozá la vida
porque eso es lo que se lleva
si tarde o temprano muere.
¡Ay! después de la caja negra
¡compadre!
creo que más na’ se lleva.

Calixto Ochoa, en su canción La vida y la muerte, plantea los dilemas de la riqueza en la vida y en las horas aciagas de la muerte:

Si la vida nunca, nunca se acabara.
Yo no gastaría mi dinero en nada.
Pero me doy cuenta de que la vida es nada.
Y el día que muera nada me voy a llevar.

El mismo autor, en El muerto borracho, se refiere también a los embates del alcohol en los difuntos de la región:

En la esquina de la calle cerrá
sale un muerto pero borracho (bis)
él les pide un beso a las hembras
y a los hombres les pide un trago. (bis)

Vea qué muerto tan misterioso
en el mundo nunca se ha visto
porque en vez de pedir responso
lo que pide es ron y besitos.
Una vez estando en Santurce
a las 12 de la noche en punto (bis)
en la esquina de la calle Cerra
me ha pedido un trago el difunto. (bis)

Me paré en el medio de la calle
a rezarle un padre nuestro
y el descaro que tuvo el muerto
preguntarme dónde era el baile.

Una canción en la cual el difunto se dirige y da recados a sus familiares es No me guardes luto, de Armando Zabaleta. Se trata de una composición romántica en que se pone de presente la condición del estar vivo para lograr la plena disposición del ser amado.

Negra, si me muero no me guardes luto.
El muerto no oye, ni ve ni entiende.
Ahora que sí vivo es que debes quererme.
Así que recibo tus caricias con gusto.

Si yo me muero, no me guardes luto.
Ni te voy a ve con traje negro.
Ni te voy a oí cuando me estés rezando.
Ni te voy a llevar flores al cementerio.

El concepto afro palenquero de baile de muerto es volver a la significación ritual africana sobre la muerte. En ese momento, el funeral es una fiesta con música, bailes y comidas. Los sones fúnebres son lamentos bailables, dedicados a la memoria de un difunto, como La reina de los jardines:

Ayer la vide
una mañana regando flores
a la reina de los jardines
de los jardines de mis amores
reina de los jardines
recíbeme cantando
reina de los jardines
recíbeme llorando.

Los refranes y dichos se acomodan, a la presencia del muerto en vida: «Cuando el muerto tiene quien lo cargue, se hace el pesado». Resolviendo con pragmatismo el paso de la muerte con las urgencias que siguen para los que se encuentran con vida: «El muerto al hoyo y el vivo al jolgorio». Siguiendo con el pragmatismo de las cosas inevitables que suceden o que deben pasar en: «Cayendo el muerto y soltando el llanto». Aparece también la duda sobre si la vida sigue o sólo es un juego fugaz a territorios misteriosos: «No es que me muera sino el tiempo que duraré enterrado». Se cumple la imposibilidad de prever la muerte con sus consecuencias: «Uno no muere cuando puede sino cuando debe». Se presenta la ironía como arma de contrarrestar el poder de la muerte en expresiones del talante de: «¡No, hombe, a mí no me da miedo la muerte sino la morida!». En los refranes recogidos por Exbrayat, hay uno grotesco: «Muerto que se pea, el diablo que lo vea». Otro en donde se refleja la hipocresía social: «No hay muerto malo ni novia fea», también presente en «no hay muerto malo, borracho pobre ni recién nacido maluco». Pero el que se lleva la gloria es el del escape de la muerte: «Si de esta me escapo y no muero, no vuelvo nunca más y fiesta en el cielo».

La influencia multicultural en la región ha generado una actitud que se evidencia en la cultura popular, en cantos populares y en diversos rituales mortuorios que se incluye en el libro de la editorial La Iguana Ciega, Se acabó el baile, y que además recopila una investigación donde se muestra el influjo de la muerte en el folclor, en la música, en las coplas, en décimas, en refranes y en el carnaval.
 

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