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Latitud 19 de Noviembre de 2017

Un periodista con ‹duende›

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Foto: Archivo

Ernesto sentado sobre los rollos de papel de la rotativa de EL HERALDO.

Marco Schwartz

El autor señala las cualidades que hacían de Ernesto McCausland un reportero excepcional.

El buen periodismo es una estructura compleja que se sostiene en dos pilares fundamentales: la pasión y la curiosidad. Todo periodista que no construya su oficio sobre ellos corre el serio riesgo de convertirse en un aburrido, y en ocasiones amargado, burócrata de la información, como el grupo de amigotes que pasaba las horas jugando a las cartas en una sala, a la espera de los reportes oficiales del alcaide de la prisión, en la película Primera Plana, de Billy Wilder.

Ahora bien, para ser un periodista excepcional, único, irrepetible, hace falta un elemento adicional: eso que el poeta García Lorca denominada ‹duende›. Un talento innato para mirar y escuchar el mundo que te rodea y arrancarle historias que pasarían inadvertidas a los demás mortales.

Ernesto McCausland fue uno de esos periodistas excepcionales.

Tenía tal pasión por el oficio que nunca conoció el límite entre horario laboral y tiempo de ocio. Una noche de 2006, en un restaurante en Bruselas, un mesero nos atendió en inglés, con un inconfundible acento paisa. McCausland desenfundó de modo automático su grabadora y le hizo en el acto una entrevista, en la que lo interrogó sobre los aspectos más nimios de su vida. Cuando le pregunté qué pensaba hacer con esa entrevista, dijo: «Ya la usaré para algo, seguro que la voy a necesitar en algún momento». Y solo después de verificar que el testimonio hubiera quedado bien grabado, procedió a ojear el menú.

Su curiosidad insaciable lo acompañaba desde sus días iniciáticos de reportero. En cierta ocasión, poco después de conocernos en EL HERALDO a comienzo de los años 80, nos encontrábamos en un estadero ya inexistente llamado ‹El Gran Picasso›, frente al estadio Romelio Martínez, y pasó por la acera un muchacho algo más joven que nosotros, vestido de impecable dominguero pese a ser jueves y con el pelo húmedo y meticulosamente peinado. «¿Ese pelao va o viene?», me soltó McCausland. «Va», respondí con lógica elemental, infiriendo por su aspecto radiante que se dirigía a visitar a alguna novia. Ernesto llamó al muchacho. Cuando este se acercó a nuestra mesa, le preguntó sin rodeos: «Llave, ¿tú vas o vienes?». El recién llegado respondió con naturalidad, como si ya supiera de nuestro debate: «Yo vengo». Y contó que se acababa de graduar del Sena y venía de una fiesta de celebración. Traía el pelo mojado porque le habían echado maizena y le tocó enjuagárselo. Cuando el joven se alejó, McCausland me dio una lección que nunca he olvidado: «No hay que sacar conclusiones precipitadas, por obvias que parezcan».

Esa pasión y esa curiosidad, unidas a un talento portentoso, produjeron a uno de los grandes cronistas de la historia colombiana. Desde sus días iniciales de periodista, McCausland tuvo claro que lo que quería en este oficio era escribir crónicas. Cuando lo asignaban para redactar una noticia típica, lo hacía a regañadientes, como si se le sometiera a una insoportable camisa de fuerza, y buscaba la manera de convertir en un pequeño relato lo que de otra manera no pasaría de ser una pieza informativa convencional.

El comienzo de su crónica «La vida de un homicida confeso», sobre un caso judicial, es buen ejemplo de ese afán por hurgar en el carbón noticioso para extraer el diamante narrativo:

«Es una noticia insignificante, que aparece extraviada, entre grandes titulares, en el extremo inferior de una página congestionada, en el periódico de un día cualquiera de un mes cualquiera, hace seis años.

‹Muere obrero al caer de construcción›, anuncia el titular, seguido de apenas 80 palabras. Quizá para el periodismo sea una lección de concisión. Para la muerte, en cambio, es otra evidencia de cuán baladíes pueden llegar a ser sus cotidianos zarpazos. Como en efecto no hay mayores detalles, solo aprendemos que Juan Gregorio Guerrero León, 36 años, murió al caer del sexto piso, mientras trabajaba en una construcción en la Vía 40. Lo verdaderamente relevante, lo que haría significativa en el tiempo a esta gacetilla de cumplimiento, está en el último párrafo: el obrero deja cinco hijos.

Uno de esos cinco hijos está hoy en los periódicos esposado, mientras mira como si no quisiera mirar, con ojos de rata asustada, a la sociedad, bajo grandes titulares, en calidad de coprotagonista de la hirviente noticia de la semana».

Nada pudo con esa obsesión arrolladora por contar historias. En prensa, en radio, en televisión, McCausland liberó su torrente creativo y dejó una huella colosal en la historia del periodismo colombiano. 

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