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Latitud 25 de Junio de 2017

Una plaza para Gabo en el París de su viacrucis

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Foto: Archivo

Gabito en las calles de París. Junto a él, Soledad Mendoza, hermana de Plinio Apuley

Sigifredo Eusse Marino

Posiblemente París hoy no respire la misma atmósfera festiva e intelectual de los años 50, pero un ‘tour’ por la Ciudad Luz promete llevar a sus visitantes de vuelta a los escenarios de la vanguardia del siglo XX. Diario de viaje a propósito de un homenaj

En esa dimensión paralela que es el mundo de las letras, quizá no haya un territorio urbano que hoy encarne más y mejor el imaginario eterno y universal de lo literario que la ciudad de París.

En inmediaciones del río Sena y el Barrio Latino –sobre la Rue du Bac, hacia la cual se desemboca desde Pont des Arts por el Boulevard Saint Germain–, el pasado viernes 23 de junio la municipalidad de París bautizó, «en honor del Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez», una plazuela de su sector histórico.

El significativo acto será también el ceremonial de apertura de una temporada –todo el segundo semestre de 2017–, con eventos culturales que protagonizarán creadores, intelectuales y artistas de Colombia en una veintena de ciudades por toda Francia como parte de nuestro periplo recíproco en cumplimiento del ‹Año Colombia-Francia›.

PARÍS, IMÁN DE LUZ DE LAS LETRAS

A París nos la hemos apropiado los lectores del orbe entero a través de los relatos de Henry Miller y Anaís Nin, de Camus, Hemingway, Sartre y Julio Cortázar. Y por unos cuantos guiones y filmes del Woody Allen más brillante y genial. Desde esa impronta suya entre la letra y la imagen, la Ciudad Luz parece iluminar toda percepción memoriosa de «lo parisino» pasado, presente y futuro.
Pero si tal seducción se preserva viva e indeleble en nuestra memoria intelecto-emocional, parece muy cierto también aquello de que los tiempos cambian…

París, al compás de los tiempos de hoy, parece haber devenido más descreída que escéptica, aún de su propio pasado. Carlos Abascal, de Prensa EFE, dijo hace poco y a propósito del lanzamiento de un irreverente cómic francés con la atmósfera parisina de aquellos años del medio siglo XX:

«Literaria o no, París fue una fiesta durante los años cincuenta, escenario del bullicio intelectual que reunió a Sartre, a Vian o Camus y que hoy renace gracias al cómic ‹Le voleur de livres› (Ladrón de libros), un regreso entre tierno e irónico a aquellas terrazas de Saint-Germain-de-Prés. A un tiempo en el que escribir en París equivalía a ocupar la orilla izquierda del Sena, desde las aceras del Barrio Latino hasta las bóvedas de la Sorbona.
«Sus calles pronto acogieron a una cierta aristocracia intelectual que, alérgica al Montparnasse indisciplinado, sedujo a varias generaciones de novelistas hasta cristalizar en la figura de aquel Hemingway que vino a París por los libros y se quedó por lo demás. Un tiempo en el que aún era París ‹ese lugar contestatario y de vanguardia›, este que –el cómic lo sugiere– ‹ya no es».

EL BARRIO LATINO, REFUGIO DE AQUEL GABO EXPATRIADO

En La Isla y en el Barrio Latino, no obstante, gran parte de la vieja atmósfera y la antigua geografía aún se respira con hondura y gratamente se recorre. Si queremos hacernos una idea, avancemos en exploración relámpago por este distrito de París que muestra todavía sus románticos encantos de una postal de época, con algo de cine brumoso y otro tanto de romantizado ensueño.

Animado y concurrido como el que más, el Barrio Latino (le Quartier Latin) se alza sobre la margen izquierda del Sena y frente a la Isla de la Cité –que es el corazón fundacional de la ciudad de París. Da la cara a la novelesca catedral de Notre Dame y también al famosísimo Museo del Louvre, ese antiguo gran palacio de los reyes de Francia e intrigante escenario de las sagas noveladas de un Alejandro Dumas, mismo de la La reina Margot y Los mosqueteros del rey.

No ha perdido un ápice de su atractivo en momento alguno de tantos siglos pasados desde la Edad Media, cuando cimentó su fama como «la ciudadela de los estudiantes».
La tribu celta de los Parisii había venido a establecerse allí por el año 200 antes de Cristo. Al sitio lo llamaron Lutecia, que, cuando creció y prosperó, tomó el nombre de La Cité. Se erigió en capital del reino hacia el año 500 de nuestra era, ya bajo el dominio de los francos.

En la entraña del Barrio Latino, La Sorbona, humanista y secular, y una de las universidades más antiguas y prestigiosas del mundo –existe desde 1257–. Por varios siglos en adelante fue el latín la lengua de su enseñanza y de la vocinglería de sus estudiantes. De ello viene el nombre dado a la barriada entera.

Desde aquellas centurias medievales, los estudiantes del Barrio Latino tuvieron gran influencia sobre Francia. A lo largo de los dos últimos siglos, llevaron a cabo movimientos estudiantiles de trascendencia política, y el Barrio Latino sería el hervidero parisino que cocinó la Revolución de Mayo del 68.

En el ínterin, la Sorbona ha tenido profesores y alumnos tan ilustres como famosos; botones de muestra, estos: Descartes, Louis Pasteur, Víctor Hugo, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir… 
Alguien que no estuvo nunca en sus aulas fue aquel joven García Márquez de mediados del siglo XX que, sin embargo, sería por entonces su vecino temporal, el que frecuentaba los bancos de su plazoleta exterior y quien trasegó de arriba abajo todo el pintoresco entorno del Barrio Latino. Desde la ventana de su buhardilla precaria en el Hotel de Flandre, de este lado de Rue Cujas, la cúpula centenaria y hermosa de la Sorbona fue una postal fija y real, mañana y noche.  

Para el visitante de hoy –quizá tanto como para el de tiempos pasados– recorrer la barriada será una caminata de las más placenteras en todo sentido, tan deliciosa como enriquecedora; porque –tal como se ufanan las guías turísticas– «hay de todo: jardines, iglesias, edificaciones históricas y modernas; universidades clásicas y museos; y hasta una exótica mezquita, la más grande de toda Europa; o los vestigios de su antiguo anfiteatro romano: las Arenas de Lutecia». 

Con solo cruzar ante la fuente de San Miguel, eternizado en su fiera lucha con el dragón –en Plaza Saint Michel– ingresará uno a ese laberinto de pintorescas callejuelas y encantadoras terrazas que imprimen su ‹personalidad› singular al Barrio Latino. En adelante, van a ser incontables los sitios por descubrir, interesantes y gratos.

Si cabe duda alguna acerca de la preferencia de intelectuales y escritores por lo estimulante de los ambientes en el Barrio Latino, he aquí tres gratificantes paradas de una avanzada exploratoria que va a derivar al capricho del olfato, de la escucha o la mirada, sin trazado fijo ni ruta preconcebida:

Shakespeare & Company aparecerá ante nosotros como la librería legendaria que brindó refugio a Ernest Hemingway y a su generación perdida de escritores norteamericanos. Es habitual punto de cita de autores nuevos que protagonizan talleres y recitales de sus obras; por los rincones, libros nuevos y usados que cualquiera puede ponerse a hojear o leer; y apenas caer la noche cada sofá se tornará en mullida cama, para poder seguir soñando allí mismo con lo leído.

París es la ciudad de los cafés literarios, la mayoría de los cuales preservan su ambiente, el que los hizo famosos. El Café de Flore, de estilo art déco, con sus bancos tapizados de rojo y sus espejos y paredes de mármol, apenas ha cambiado desde aquellos días en que Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir lo convirtieron en su ‹oficina›. Allí, en discreto confort, debatieron y escribieron a placer, a resguardo de la ocupación nazi. Años más tarde, Truman Capote y Julio Cortázar fueron también, entre muchos otros hombres de letras, asiduos del Flore.

Les Deux Magots es, sin embargo, el de más honda memoria entre estos cafés de intelectuales en París, uno que resume a la perfección la escena literaria de principios del siglo XX entre St. Germain des-Prés y el Barrio Latino. Fue un antiguo garito frecuentado por toda la bohemia del 900. «Deux Magots es un trozo de la historia de París» –tal su lema y emblema. Flanquean su entrada los dos figurones chinescos (o magots) que le otorgaron su ya consagrado nombre.

HOTEL DE FLANDRE, AÑOS DUROS PARA UN CORONEL OBSTINADO

Anne-Marie Mergier, corresponsal de guerra que ha escrito para el semanario mexicano Proceso durante varias décadas, vino a Barranquilla y fue profesora en la Alianza Francesa por los tiempos en que García Márquez mereció el Nobel. Por la década presente, ella escribe desde París grandes reportajes acerca de política, cultura y actualidad internacional.

En 2014, con ocasión de la muerte de García Márquez en Ciudad de México, Anne-Marie Mergier despachó para su revista Proceso un largo testimonio que rememoraba las sufridas peripecias de aquel Gabo expatriado en París, luego que el dictador Rojas Pinilla clausuró El Espectador, diario que lo había enviado de corresponsal en Europa:

«Se hospedaba en una buhardilla del destartalado Hotel de Flandre y comía en restaurantes como Acropole o Capoulade, atestados de estudiantes pobres; caminaba por las calles del Barrio Latino, pasando de largo por vitrinas llenas de libros que no podía comprar; recalaba en el bar L‘Escale, a cuyo escenario subía a cantar boleros, vallenatos y rancheras».

El Acropole era un muy modesto restaurante griego cuyo dueño, monsieur Anastadiades, «llenaba hasta el borde los platos de sus insaciables clientes estudiantiles». Aquel sexto piso de buhardillas heladas en el Hotel de Flandre, con un solo baño para todos, era destinado «mientras tanto» a los clientes insolventes. El más de todos, aquel tal Gabriel, famélico y discreto, con pinta de refugiado árabe del Magreb, más que de sudamericano y escritor.

Una de aquellas mañanas, su amigo bogotano Plinio Apuleyo Mendoza –residente en el hotelucho vecino, el Grand Hotel Saint Michel– subió hasta allí para invitarlo a almorzar y Gabo lo recibió con esta perplejidad expresa de trasnochado crónico: 

–Nunca sé cómo es la vaina en invierno. Apenas se levanta uno, ya está anocheciendo. 
–¿A qué hora te acostaste? –preguntó Plinio.
–No sé. Cuando terminé de escribir oí en la calle los camiones de la basura.

El Hotel de Flandre de hoy ya es otro. Ostenta cuatro estrellas y ahora se llama Des Trois Colleges, con precios de hasta 200 euros por noche. «Las más caras son aquellas mismas buhardillas, ahora convertidas en cuartos románticos y ultramodernos. En la número 63 de hoy, allí García Márquez redactaba El coronel no tiene quien le escriba, para finales de 1956» –dice Anne-Marie Mergier.

En la sala de lectura –que es un antiguo patio al que pusieron techo de vidrio–, para quien quiera leerlos están varios ejemplares de El coronel…, junto con otros de El otoño del patriarca y El general en su laberinto. También –agrega Mergier– una versión en polaco de la autobiografía de Gabo, Vivir para contarla.

«Las penurias no apaciguaron la intensidad con la cual Gabriel García Márquez vivió en París en la segunda mitad de los cincuenta» –consignó Ann Marie; y a renglón seguido dejó en su crónica de 2014 esta percepción suya: «Aún se palpan sus huellas en esta ciudad».

Ahora estas huellas se extrapolan del imaginario hacia una entidad concreta; asumen, además, la herencia ancestral de una plazoleta añosa en los recovecos entrañables del Barrio Latino de París. Y para la posteridad de sus referentes urbanos y del inefable imaginario que detenta la Ciudad Luz en los olimpos literarios, quedará ya por siempre tatuado, en su piedra y su aire, el nombre propio de este que, sin discusión, es el escritor sudamericano más universal de la historia: Gabriel García Márquez. 

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