El id es:node/147270
Latitud 14 de Enero de 2018

Welcome al Paraíso

El usuario es:

Foto:

Figura de cera de Marlon Brando.

J. J. Junieles

Capítulo de la novela inédita ‹El hombre que hablaba de Marlon Brando›, que será publicada este año, cuando se cumplen 50 años de la filmación de ‹Queimada›.

Aquella mañana el sol era un gallo con las espuelas más afiladas que de costumbre, era muy temprano, pero ya parecía de mediodía. En su camino hacia Getsemaní, con las ropas sudorosas y pegadas, Tomassi, Bitar y Santiago se refugiaron en el Parque del Centenario. Un vendedor de café, con pómulos enfáticos, ojos achinados y un pequeño bigote con perlas de sudor, les sirvió mientras fumaba un cigarrillo. Tenía la camisa medio abierta, un corazón con iniciales tatuadas con puntos azules y en la caja de madera donde llevaba los termos tenía escrito con pintura de uñas: ‹El que se cansa pierde›.

«Este parque estaba lleno de animales, ¿te acuerdas? –dijo Bitar–, venía gente de todas partes a verlos, daba gusto pasear por aquí. Era como un zoológico, ahora los únicos que merodean son bestias de dos patas que no hacen sino echar basura por todas partes». Se reposaron y pronto retomaron el camino, «vámonos, muchachos, no saben el banquete que les tengo preparado.»

Salieron del parque, enfilaron por la Calle de la Media Luna, para luego internarse en el viejo barrio, y tomaron rumbo a la Calle del Guerrero, hasta la esquina de la Calle del Carretero con la Plaza de la Trinidad, allí encontraron a Mayelo, un viejo negro y gordo, famoso por su mano de santo y la cuchara de diablo que tenía para cocinar.

Por el cuello de la camiseta se le veían las canas ensortijadas del pecho. Sudaba como si fuera un día de agosto. Mirando a Tomassi le dijo casi cantando: «¡Caballero, welcome al Paraíso!, ¿usted no es de por aquí, verdad?, está pálido como la barriga de un pescado, mejor dele gusto al hambre, y apuntó con los labios a una montaña de  arepas de huevo». Era una mujer atrapada en aquella fisonomía de vigilante de muelles.

Mayelo y Bitar se preguntaron por medio mundo, hasta que Bitar le contó el motivo de la visita, entonces el negro recordó que había sido extra de la película en varias escenas.

–También fui cocinero en una de las casas de los italianos, ellos trabajaban mucho, sí señor, y también les gustaba el ron y la marihuana, jugaban con la comida, me acuerdo, imagina que un día se metieron a mi cocina,  hicieron arepas y las rellenaron con fideos, ¡qué horror!, eso sólo se lo comieron ellos.

Santiago aprovechó una pausa, y le susurró algo a Bitar, quien retomó la conversación mientras tomaba una empanada.

–Tú que eres la biblia del barrio, Mayelo, ¿recuerdas a una muchacha de aquella época, que trabajó también en Quemada, y que se llamaba Evangelina Saumeth?

Se quedó callado, mientras estrujaba una masa de harina, concentrado. El silencio se alargó, un par de clientes llegaron y un muchacho que ayudaba en los menesteres los atendió. Él siguió moviendo la masa, se saludó con una mujer que pasó y le dijo: «Adiós comadre, ¿ya tomó tinto?», y Mayelo respondió: «¡no he visto a Dios!». Y un momento después, como sorprendido por su propio recuerdo, levantó la vista, y miró a Bitar.

–Ya sé de quién me estás hablando, claro que me acuerdo, tengo memoria de elefante como dice la National Geographic, esa muchacha era famosa, yo la vi crecer por aquí, un par de veces jugamos juntos a las muñecas, y luego terminó saliendo hasta en los periódicos. Un día dejé de verla, le perdí el rastro, es que yo tuve que renunciar a lo que estaba haciendo en la película, porque me salió un trabajo en Venezuela, me fui por varios años y regresé cuando los italianos ya no estaban, eran los tiempos en que todos se iban para Venezuela o Estados Unidos, tú sabes, en la tierra de los ricos algún centavo se recoge.

–¿Y qué recuerdo tienes de ella?

–Esa niña se me quedó grabada en la memoria, porque una vez yo estaba sentado en la terraza de una casa en la Calle del Guerrero, cuando ella salió de algún lado a comprarle plátanos a un vendedor que pasaba con una carreta.

Después que el negro le dio los plátanos, no quiso recibirle el dinero a Evangelina, se puso el sombrero que llevaba en el pecho, como sorprendido por la emoción, ¡tú sabes el teatro que hacen los hombres para conquistar a las mujeres!, ¡y le dijo a ella que no le debía nada, que ya le había pagado con dejarse ver, que podía morirse tranquilo sabiendo que había visto la mujer más bonita del mundo! ¡Ay, mi madre, cómo me hubiera encantado que ese piropo me lo hubieran echado a mí!

Claro que la recuerdo, porque la madre y su hija se la pasaban aquí en el barrio Getsemaní, éramos vecinos en un callejón donde estaba la pequeña pieza donde ellas vivían. Me acuerdo también que Evangelina era la hija natural de un turco podrido en plata, apellido Saumeth, que tenía una casa en el barrio de Manga. Su madre había trabajado de sirvienta en esa casa, de la que tuvo que marcharse con una mano adelante y la otra detrás, cuando empezó a notarse la barriga.

Qué suerte tan contraria la de esa niña, pobre Evangelina, vivía encerrada porque desde pequeña no había hombre o mujer que no cayera rendido, apenas ella se dejaba ver la belleza. Se volvían locos con sólo ver a esa turquita morena que andaba descalza por ahí, casi siempre jugando solita, y también me acuerdo que… –Amagó con agregar algo más, pero no le salió la voz.

–¿Qué ibas a decir?

–Nada de importancia, Bitar, el Diablo que pone las ollas en el fuego, pero no les pone tapas. –Se quedó en silencio, un auto pasó con su aparato de sonido encendido, adentro sonaba la voz de Henry Fiol cantando Oriente.

Cuando el auto estuvo lejos, Santiago se atrevió a preguntar:

–¿Y qué recuerdas de la mamá de la niña?

–Si no me falla esta que me separa las orejas, se llamaba Virginia, siempre andaba con cara de necesidad, la muy pobre. Llegó por aquí a buscar mejor vida desde un pueblo de la sabana. Empezó a trabajar como doméstica en la casa de esa familia turca, los Saumeth, también en los almacenes que esa gente tenía. Así fue como ella conoció al hijo menor de los turcos, Nadir, creo que se llamaba, quien de noche gateaba hasta la habitación de servicio, donde dormía ella, y en esas andanzas estuvieron hasta que la barriga empezó a notarse.

Por aquella época era normal aprovecharse de las muchachas del servicio, no se tomaban en serio eso de andar reconociendo hijos para darles el apellido,  además, el muchacho, Nadir, creo que así se llamaba, era una especie de bobo grande, el papá lo dominaba, vivía detrás de los mostradores en uno de los tantos comercios que tenían, hasta que un día lo atropelló un carro en la avenida Pedro de Heredia.

Los Saumeth enviaron a la muchacha embarazada de regreso a su pueblo. Algo de dinero llevaba en la bolsa, suficiente para que guardara silencio y se olvidara de todo. Como dicen: la dejaron a su suerte. Ella estuvo allá el tiempo suficiente para parir la criatura, y cuando ya tenía tres meses de nacida, regresó a Cartagena a reclamarle a los Saumeth el apellido que su hija merecía, pero nunca se lo dieron.

Hubo un tiempo en que la Calle del Guerrero fue la más concurrida del barrio. La tienda de la esquina se volvió un gran negocio, por la cantidad de hombres que llegaban a tomar cerveza solo para ver a Evangelina pasar por ahí. La belleza fue la perdición de esa muchacha; tenía que andar con sombrilla, más para esconderse de la gente que para protegerse del sol. –¿Y los Saumeth?, ¿qué pasó con ellos?

–A esa gente se la llevó el perro del diablo en la boca, quebraron en todos sus negocios. Ya tú sabes, Bitar, la vida es como un restaurante, aquí nadie se va sin pagar. Hace años alguien me dijo que se fueron para Barranquilla, otros tomaron rumbo hacia Bogotá.

Que yo sepa nunca más regresaron por aquí. Pobre niña, nació pura y el mundo la corrompió, pero logró desquitarse, porque pasó el tiempo, se volvió mujer, y luego ella empezó a reírse de aquello por lo que los hombres lloraban. Ella cantaba muy bonito, como los ángeles, y se puso de nombre artístico Evangelina Saumeth, para vengarse de la familia de su padre, que como te dije nunca la reconoció. No estoy seguro, pero creo que ella tuvo algo con Marlon Brando, eso dijeron en el periódico.

Mayelo hizo silencio, nos miramos asombrados por todas las cosas que había contado, siguió preparando comida, luego llegaron varios extranjeros con mochilas, invadieron la mesa de fritos y engulleron papas rellenas, empanadas de carne y pasteles de arroz. Sin darle importancia si no hablaban el mismo idioma, ella empezó a contarles a sus comensales la receta de sus empanadas, mientras algunos de ellos la grababan con sus teléfonos, y se reían, tal vez sin saber por qué.

–Todo este cuento de Evangelina –le dije a Bitar–, mientras terminábamos de comer las delicias de Mayelo–, me hacen pensar en alguien, una muchacha que conocí, también muy hermosa y con un aura especial, yo la quise mucho, pero las cosas no terminaron bien, su recuerdo se me aparece de vez en cuando, como un fantasma, pero cada vez menos, yo acepté trabajar esta crónica en gran parte para olvidarme de ella.

–Yo soy experto en dar consejos que nadie me pide, Santiago, te digo una cosa, se puede saber mucho de matemática, química, jugar ajedrez, como yo, y hasta tocar piano, pero si alguien no aprende a hacerse el loco en este mundo, no está preparado para la vida y sus trampas. No hay mejor cura para esas cosas del amor que mantener la cabeza ocupada, una mente entretenida no extraña a nadie, recuerda que cuando el Diablo no tiene qué hacer, mata moscas con el rabo.

–Lo felicito, Mayelo –dijo Tomassi–, poniéndose en pie, y haciendo una reverencia-, no se ofenda, pero los antiguos tienen toda la razón, ¡nunca confíes en un cocinero flaco!

–¡Gracias por la flor, caballero!, si pudiera me la pondría detrás de la oreja. Es que el hambre es el mejor condimento de la comida, y se ve que usted hace tiempo que pasa trabajo.

–Hace mucho, Mayelo, casi medio siglo de hambre.

–Las hambres viejas son como algunos amores, duran para siempre, yo sé por qué se los digo.

–¡Amén, hermano! –exclamó Bitar–, poniéndose también de pie, y sin dejar de masticar.

–¡Vaya película que es la vida! –dije yo–, pensando en voz alta, y seguí comiendo.

–Así es, muchacho, la vida es toda una película, lo malo son las partes aburridas, que a veces duran mucho –dijo Tomassi–.

–Pero sin esas partes, el resto no tendría gracia –dijo Bitar–.

–¡Amén, hermano! –dijo Mayelo–, y su carcajada espantó un par de perros que se estaban acercando demasiado a la mesa.

Etiquetas

Más de revistas