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Actualidad 05 de Noviembre de 2014

Musicoterapia, cura para el alma y el cuerpo

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Foto: Shutterstock

Alejando Rosales
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Escuchar determinada melodía o canción puede hacernos pasar en centésimas de segundo de la tristeza a la alegría. Esta sensación a la que no le encontramos explicación, pero si disfrutamos, repercute en tener una buena salud o mejorarla en caso de que suframos alguna dolencia.
Esto lo ha comprobado la ciencia médica y lo ha puesto en práctica a través de la musicoterapia.

Kenneth Bruscia, fundador del programa de musicoterapia en University Temple y autor de varios libros sobre el tema, la define como “un proceso sistemático de intervención en donde el terapeuta ayuda al paciente a promover su salud, usando experiencias musicales y las relaciones desarrolladas a través de estas como fuerzas dinámicas de cambio”.

En Bogotá Héctor Wolfgang Ramón,  músico percusionista y magíster en musicoterapia de la Universidad Nacional, sostiene que en su experiencia ha comprobado que esta técnica mejora el estado de salud de la persona —tanto en los planos físico y mental como en lo social, emocional y espiritual—.

Agrega que incluso en pacientes con enfermedades incurables como el alzheimer, la música y actividades que se realizan con ellos, hacen que sus funciones cognitivas duren un poquito más, se disminuye su ritmo de deterioro y se mejora su calidad de vida. “La persona está más feliz con la música y esto alivia problemas asociados como la depresión”, explica.

En Barranquilla. En la Fundación Paola Andrea Velásquez Vivas, que trabaja con niños víctimas de cáncer, ponen en práctica la musicoterapia con excelentes resultados.

El médico Álvaro Velásquez, creador y director de la fundación, argumenta  que esta terapia, al mejorar la circulación cerebral, disminuir los niveles hormonales asociados y ser un factor distractor de la sensación de dolor, se convierte en una herramienta de apoyo importante para el paciente con cáncer.

“Esto lo ayuda en su parte depresiva a manejar mejor su enfermedad”.

Al respecto la psicóloga de la fundación, María José Hernández, añade que  al alejar la depresión de la mente de los niños su organismo logra total tranquilidad, tienen más receptividad al medio hospitalario, sobre todo a las duras sesiones de quimioterapia, y por ende la respuesta y progreso es mucho mayor. 

La fundación
En la Fundación Paola Andrea Velásquez Vivas brindan apoyo integral a niños con enfermedades hemato oncológicas malignas sin cobrarles un solo peso. La aplicación de la musicoterapia a los menores nació espontáneamente después de que el estudiante de medicina Jahzel Berdugo un día llegara con su guitarra al tercer piso de la ESE Cari, donde funciona el  Instituto de Cancerología del Caribe. Los resultados han sido muy positivos pero por falta de más voluntarios no se hacen con la regularidad que se requiere. Los interesados en colaborar con su arte musical en esta noble causa pueden llamar a los números telefónicos 3583434 o al 3012812369.   

Métodos

El musicoterapeuta Héctor Wolfgang Ramón emplea cuatro métodos. El receptivo que se basa en escuchar música. El Sincronisativo donde se interpreta con la persona. El recreativo que consiste en trabajar con canciones que ya existen  con los que tengan problemas cognitivos; y el compositivo donde se le ayuda a componer una melodía.

Preparación académica

En Colombia la Universidad Nacional tiene una maestría en musicoterapia que está debidamente certificada. Las personas que la estudian deben ser músicos o profesionales en las ciencias de la salud. La musicoterapia debe tener un estudio y una fundamentación académica para hacerla más efectiva.

Un estudiante voluntario

Jahzel Berdugo, estudiante de medicina, empezó espontanea y empíricamente el uso de la musicoterapia en la Fundación Paola Andrea Velásquez Vivas. Dice que los niños más pequeños son los más receptivos con la estimulación emocional. Algunos le piden la canción de Silvestre Dangond, Loco paranoico.

¿A quién beneficia?
La musicoterapia ha demostrado su efectividad en madres gestantes, recién nacidos, párvulos y niños en edad escolar con necesidades educativas especiales; menores y adultos con diagnósticos como síndrome de down, TDAH, parálisis  cerebral, autismo y cáncer; adolescentes con problemas de autoestima y comportamiento; personas que han sufrido accidentes traumáticos, cerebrovasculares o deficiencia renal; y personas de la tercera edad con enfermedades como alzheimer o parkinson.

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