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Paseo 28 de Octubre de 2016

Crónica de un viaje al puerto de Casa Loma

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Foto: Archivo particular

Sonidos sublimes e indelebles, conversaciones afables y chuscas se escuchan de boca de las mujeres de Bomba, en Magdalena, mientras ejecutan uno de sus rituales mañaneros: lavar la ropa de sus familias.

Linda Esperanza Aragón
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La ciénaga de Zapayán ‘se alegra’ cuando las siente llegar. Ellas se convidan para irse a lavar. Madrugar no pesa. Levantarse temprano es ameno, una rutina atractiva. Desde las 3 de la mañana las mujeres se van al Puerto de Casa Loma (en Bomba, Magdalena) con sus poncheras en la cabeza atestas de ropa. 
Cuando llegan a la orilla, no comprueban si el agua está fría: se quitan las chancletas, sumergen los pies sin pensarlo dos veces, se dirigen hasta las piedras y ahí descargan las poncheras. Cada mujer tiene su piedra para lavar, y es menester respetarlo. Una a una se ubica en su lugar y comienza con la labor. 
 
Vista del Puerto de Casa Loma mientras transcurre la madrugada.
 
Antes de mojar la ropa, presionan las barras de jabón con los manducos hasta lograr convertir las barras en capas delgadas para conformar bolas de jabón, lo que es apropiado para enjabonar las prendas. El manduco es una pieza de madera que tiene forma de bate pequeño, su papel en el proceso de lavado es fundamental, pues con él resulta más efectivo ‘despercudir’ todo tipo de vestidura.
‘Echar cuento’ no puede pasar desapercibido. Lavar en silencio no tiene ninguna gracia. Las mujeres mezclan los sonidos, esos sonidos sublimes e indelebles a las conversaciones afables y chuscas. Restregar, escurrir, sacudir y apalear la ropa fundan ecos preciosos que se vuelven gloriosos cuando se encuentran con las risas, los relatos y la mamadera de gallo.
Unas dejan el tinto listo antes de salir a lavar; otras lo preparan apenas regresan a casa, por eso contabilizan el tiempo y tienen un poco de afán. Cuando una mujer abandona una piedra, llega otra y la toma, y eso pasa porque llegan a acuerdos y los tiene en cuenta íntegramente. Algunas, desde muy temprano, se meten al agua con el cigarrillo en la boca, sin embargo, eso no impide que suelten carcajadas y comenten anécdotas de sus vidas.
El cantar de los gallos acompaña el sonido que surge al fregar la ropa enjabonada. Mientras se esmeran en dejarla limpia, se cuentan historias y narran ciertos secretos, de esos que se forjan en el hogar y que abaten el corazón.
 
Desde las tres de la mañana las mujeres se van al Puerto de Casa Loma con sus poncheras en la cabeza repletas de ropa.
 
Las risas tempraneras son el alma del tiempo justo en el momento en que el olor a jabón se abraza con la serena aparición del sol. El Puerto de Casa Loma es hermoso, pero se convierte en una maravilla cuando las mujeres bomberas tocan sus aguas. La pereza no tiene lugar, madrugar es una fiesta que alimenta esta costumbre ancestral. Es un espectáculo que inventan las damas madrugadoras enjabonando, enjuagando y echando cuento. Una tradición que transita con los años y que hasta hoy no se desprende de esta tierra. 
 

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